Cuando correr era delito
Algunos eventos de la historia reciente pueden ser olvidados, lamentablemente. Como aquel 8 de junio de 2020, cuando una multitud de runners, colectivo social alrededor del cual gira toda la obra, se lanzó a las calles después de 80 días de aislamiento obligatorio pandémico con una única intención: correr.
Gustavo Moscona crea y dirige esta pieza teatral ácida, por momentos absurda, donde se entremezclan temas como la familia, el deporte o la política nacional. Es en esa madeja de aparente sinsentido donde se mueve mejor el autor; porque a partir de una pequeña historia –la de cinco runners encerrados juntos durante la pandemia– se abre un universo de temas de densa profundidad sociológica como la soledad, el padecer o la muerte.
Los runners (ya corrimos demasiado) es una obra de máximo despliegue corporal: los protagonistas recrean la compleja trama sin dejar de entrenarse en ningún momento. Probablemente sea lo primero que llame la atención del espectador: ¿es una obra de teatro o una sesión de entrenamiento? La respuesta es todo eso y mucho más.
Los runners son Iván Altschuler, Camila Berguier, Patricio Cullen, Verónica Kamlacz y Santiago Rulfi. Ellos son los protagonistas de esta comedia absurda que gira alrededor del autoentrenamiento del cuerpo pero que no se agota allí. Porque a través de un giro argumental inesperado, los runners idearán el master plan para apoderarse de unas zapatillas con propiedades mágicas. Correr hacia el futuro se volverá posible; sin embargo, lo que se vislumbra en ese futuro tan cercano –hoy la realidad– no parece alentador. ¿O sí? Depende del punto de vista del espectador. ¿Tanto cambió Argentina entre 2020 y 2026?
Una pregunta previa necesita respuesta en la trama: ¿quién podrá calzarse esas zapatillas mágicas, pero también de la discordia? Solo cabrán en los delicados pies de una de las protagonistas, Camila Berguier, la Cenicienta runner.
El espacio escénico se construye a partir de la mutua exclusión entre el adentro y el afuera. De un lado, el adentro asfixiante del encierro runner en ese pequeño departamento. Del otro, el afuera peligroso de la calle hipervigilada por la fuerza pública en la que correr se ha vuelto un delito. Las contadas y cuidadas excursiones al afuera que realizan los runners –alcohol en aerosol y barbijo mediante– evocan los días del aislamiento obligatorio o una trama de película de ciencia ficción.
Ese afuera también se construye en escena: por momentos, los runners se acercan hacia una imaginaria ventana al exterior, con mucho sigilo, evitando ser descubiertos, pero a la vez intentando averiguar qué hacen los vecinos de los departamentos contiguos. Un régimen de vigilancia mutua de aire foucaultiano.
Desde el ingreso a la sala, el vestuario instala la sensación de un grupo de entrenamiento: calzas, colores fluorescentes y zapatillas, siempre zapatillas, en el centro de la escena. En última instancia, la apelación al dispositivo tecnológico permitirá cerrar la trama argumental.
Moscona vuelve a escena con una obra menos conurbana que Llegaron los chicos, pero con la misma cuota de ironía que caracteriza al autor y esa búsqueda implacable por incomodar al público, en el mejor sentido de la expresión. ¿Ya corrieron demasiado los runners? Pareciera más bien que les quedan varias carreras de fondo por delante.
Ficha:
Dramaturgia: Gustavo Moscona
Actúan: Iván Altschuler, Camila Berguier, Patricio Cullen, Verónica Kamlacz, Santiago Rulfi
Iluminación: Pedro López Cabral
Fotografía: Mario Carrasco
Asistencia de dirección: Alejo Tofé
Producción: Graciela Pieresko
Dirección: Gustavo Moscona
Género: Grotesco
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