El cooperador
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La bestia que se come a sí misma
Friedrich Durrenmatt es un pintor y filósofo suizo que atestiguó la histórica neutralidad de su patria durante los mayores conflictos del siglo XXI. Luego de la segunda guerra, se volvió un escritor de cierto renombre logrando que algunos de sus textos sean llevados al cine. Como La visita del rencor actuada por Ingrid Bergman y Anthony Quinn o El desperfecto dirigida por Ettore Scola. Esta era una adaptación de uno de los muchos radioteatros que habían tenido gran vigencia algunas décadas antes.
Durante el Mayo Francés, Durrenmatt se involucró en la efervescencia política de sus contemporáneos y se despachó con algunos ensayos que lograron gran relevancia. El cooperador (escrita en el año 73) es una de sus últimas obras escritas ya en el ocaso de su carrera.
Sin embargo, la obra de teatro resulta un fracaso rotundo. El autor, no contento, publica un libro con afán de explicarla y la rodea de ensayos y relatos breves que profundizan en sus obsesiones. El epílogo de ese libro sí produce conmoción en la escena. La obra, entonces, se mitifica. Como una especie de misterio borgeano. En Argentina, muchas décadas después, unos tales Dominici y Lama, la resucitan como quién se topa con un mensaje en una botella.
¿Pero, de qué trata? El cooperador es una comedia negra, un grotesco alienado, que presenta un mundo podrido como en aquellos film-noir de posguerra. En esta, se presenta Doc, un científico que luego de caer en desgracia es “rescatado” por Boss, un mafioso. Boss necesitaba un método más eficiente para deshacerse de cadáveres y Doc le resuelve ampliamente su problema mediante la necrodiálisis.
Esto mueve a Doc y a toda la acción de la obra a un quinto sótano olvidado. La base en la que se producen todas las brutalidades que son arrojadas al público como si fueran cualquier otra cosa. Para luego ser desintegradas y que queden de ellas, apenas un recuerdo.
Este tono en particular, lo monstruoso y liviano; lo que estremece más en la platea que en el escenario, está pululando con vigor en la cartelera. Para nombrar algún que otro ejemplo, tampoco hay apologías, ni miramientos en La verdadera historia de Ricardo III, en Piramidal, o en La gesta heroica.
Doc y Boss no están sólos. Primero interfiere un tal, Cop, un policía que con un chantaje se entromete en el rebosante negocio para escalarlo y llevarse la tajada más grande. Luego, aparecerán de a uno, otros personajes que en vez de abrir el mundo, lo volverán más denso y apretujado.
En la dramaturgia de Durrenmatt los personajes están constituídos desde la figuración y el símbolo. Un científico que podría ser cualquier intelectual, un empresario que podría ser cualquier personificación del sector privado, un jóven heredero que podría ser cualquier representación de idealismo; un policía que materializa cualquier forma de estado corrupto, un interés romántico; un viejo conservador; un matón.
La puesta de Dominici y Lama optan por una economía poética que no apunta hacia la sustracción de lo superfluo, sino a cierto derrame estéril. Hay más personajes de “los necesarios”, la escenografía es algo barroca y despliega mucho más allá “del uso”. Hay un juego entre lo ruinoso, el vestigio de humanidad; una putridez manifiesta. Como si se dijera que no todo exceso y descarrío puede ser desintegrado.
En el uso del lenguaje, la obra nombra, explica y redunda. Le acerca al público sus determinaciones para que no se conjuguen el displacer de lo trágico y la distancia de lo poético (optando categóricamente por lo primero). En esta decisión, aparece una caricatura de lo político que, por ser atemporal o universal, pierde filo. Quizás bajo la falsa premisa de que lo filosófico debe montarse sobre cierto imaginario limpio y cristalino.
En efecto, en el texto original, el autor depositó una de sus más visitadas obsesiones: la inquietante oscilación entre un destino determinista frente a otro irremediablemente aleatorio. El título original de la obra Der mitmacher podría traducirse también como “el participante” o “el colaborador”.
La primera pregunta que uno se hace es sobre quiénes son esos que trabajan a la par, que operan, que participan. Pero, luego, a medida que avanza lo irremediable, surge preguntarse sobre la agencia de cada uno en esa participación. Incluso la del público. Como en el final de esa ópera magna del cine brasilero, Ciudade de Deus, donde la bestia se come a sí misma y sigue viva.
La puesta de Dominici y Lama es este hijo deforme entre un melodrama y una comedia de enredos. La esperanza en El cooperador nace muerta, pero aún así, la obra enreda a sus intérpretes hostigándolos un poco más de lo tolerable. Para quiénes valoran la mala onda en el arte, encontrarán en esta obra una forma muy intensa de desventura.
Ficha
Autoría: Friedrich Durrenmatt
Actúan: Daniel Begino, Andres Brescia, Francisco Carreras, Sol Fassi, Mucio Manchini, Pablo Mónaco, Fermin Varangot
Diseño de vestuario: Alejandro Mateo
Diseño de escenografía: Norma Rolandi
Diseño de luces: Franco Cappelletti
Asistencia de dirección: Natalia Paola Tolotti
Prensa: Fabi Maneiro
Producción Escenográfica: Norma Rolandi
Producción: Federico Lama
Dirección: Nicolás Dominici, Federico Lama
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