Frida, viva la vida
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La que tiene alas
“Frida, Viva la Vida”, escrita por Humberto Robles, con dirección de Julia Morgado e interpretada por Laura Azcurra, propone un unipersonal sobre la icónica Frida Kahlo.
En un Día de Muertos, Frida espera a sus invitados. Mientras organiza el altar, dispone también otra mesa: la de los recuerdos. Desde allí, la obra reconstruye distintos momentos de su vida ligados a la pintura, la infancia, su vínculo con Diego Rivera y sus miradas sobre México, Estados Unidos y Francia. En ese recorrido aparecen el accidente que marcó su destino, la presencia constante de la muerte y fragmentos de textos escritos por la propia Frida Kahlo, que acercan una intimidad difícil de alcanzar desde la imagen ya fijada en el imaginario colectivo.
La puesta se inscribe en el universo del Día de Muertos y propone un vaivén constante entre ícono y persona. Frida se presenta en una espera que habilita el pasaje entre lo público y lo íntimo, entre la figura histórica y una mujer atravesada por su propia memoria.
Más que una biografía lineal, la obra se construye desde la evocación. Los recuerdos aparecen sin un orden rígido y van armando una experiencia donde el tiempo se vuelve más flexible, más emocional que cronológico. En ese flujo, el dolor, el deseo, el amor y la muerte conviven como partes de una misma vida.
En ese marco, se despliega un retrato amplio y complejo que evita cualquier simplificación. La militancia política, los viajes, el vínculo con Diego Rivera, su trabajo artístico y su costado provocador conviven con dimensiones centrales de su identidad: la bisexualidad en un contexto restrictivo, la discapacidad atravesada por el dolor físico, el feminismo, la conciencia de clase y una relación muy viva con la naturaleza y la amistad como refugio. No hay una sola Frida posible, sino una figura atravesada por tensiones que nunca terminan de resolverse.
El corazón del espectáculo está en la interpretación de Laura Azcurra. Su trabajo sostiene la obra de principio a fin y evita que Frida quede reducida a un símbolo fijo. Construye una presencia escénica viva, cercana y muy precisa, donde el acento mexicano aparece integrado con naturalidad, sin artificio. Su interpretación recupera el carisma, el humor ácido y la ironía de Frida, pero también algo más sutil: su manera de incomodar, de desacomodar la mirada del espectador.
Los fragmentos de textos escritos por la propia Frida suman una capa muy potente, porque introducen su propia voz dentro de la escena y generan un cruce interesante entre representación e intimidad, entre lo actuado y lo dicho en primera persona.
El universo del Día de Muertos funciona no solo como marco estético, sino como un clima que organiza todo lo que sucede. La muerte aparece como presencia constante, casi silenciosa, que acompaña la escena más que como tema. En Frida, esta dimensión se vuelve especialmente fuerte por la forma en que su vida estuvo atravesada por el dolor físico y por la transformación del cuerpo en territorio de creación.
La vigencia de Frida Kahlo se sostiene justamente en eso: en no poder ser reducida a una sola categoría. Su figura condensa muchas capas al mismo tiempo —artista, activista, amante, cuerpo herido y sujeto político— sin agotarse en ninguna.
Su actualidad se vincula con la manera en que expone la vulnerabilidad como forma de decir. En un presente atravesado por imágenes idealizadas del yo, su vida y su obra proponen otra forma de habitarse: más honesta, más expuesta, menos pulida. Su carácter transgresor no está solo en lo estético, sino también en cómo vivió, cómo amó y cómo sostuvo sus convicciones.
En ese sentido, la obra no se queda en el homenaje, sino que abre una reflexión más amplia sobre la identidad como algo que nunca termina de cerrarse. Frida vuelve una y otra vez, no como una figura fija, sino como algo que sigue interrogando.
En escena, Laura Azcurra sostiene el desafío de encarnar una figura de enorme densidad simbólica sin quedar subordinada a ella. Su interpretación es el verdadero sostén del espectáculo, articulando la totalidad del dispositivo escénico.
Lejos de toda definición concluyente, la obra se afirma en una certeza más compleja: la imposibilidad de fijar a Frida Kahlo en una categoría única, y su persistencia como figura abierta, en permanente desplazamiento y resignificación.
Ficha:
Dramaturgia: Humberto Robles.
Dirección: Julia Morgado.
Protagonista: Laura Azcurra.
Vestuario y escenografía: Sofía Davies
Peinado y maquillaje: Ana Paula Amaya
Diseño de arte: Sofía Davies
Diseño de luces: Horacio Novelle
Operación técnica y asistencia: Ailen Constantino
Fotografía: Nacho Lunadei
Diseño gráfico: Nahuel Lamoglia
Producción: Poncho Teatro | Producción general: Geluk
Duración: 80 minutos.
Género: Comedia dramática biográfica.
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