El ávido espectador

El ávido espectador

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    T.N.Cervantes

 

El abismo que te mira

En el año 2014, en Yerro Capital, Alejandro Zingman, propone una escena post-créditos para el teatro. Se podría llamar “escena post-aplauso”. Después de la obra, del apagón, las luces vuelven y los actores siguen en escena. Están sentados en una mesa comiendo pizza y tomando cerveza. Se ponen a conversar sobre la obra recién montada. Reflexionan. Este esfuerzo brechtiano por insistir en que la obra siga rebotando de la puerta de la sala para afuera no es una propuesta aislada en la obra del autor; es su estética predilecta. Teatro que se mira a sí mismo y reflexiona. No como gesto autorreferencial, sino como herramienta para luego ser trasladada fuera. Al mundo. A la sociedad. Mirar para aprender a mirar.

 

En algún momento, uno especula que Alejandro Zigman se habrá dicho a sí mismo que alguna vez llevaría esa misma idea al extremo, volverla estructura: una obra entera de gente que habla sobre una obra de teatro que acaba de ver. Esto es El ávido espectador.

 

Alejandro Zingman murió en 2024. Ya era consciente de su final cuando le daba punto final al texto. El ávido espectador es una obra retrospectiva a la manera de All that Jazz para Bob Fosse o Las Playas de Agnes para la cineasta de la Nouvelle Vague. Como en cada una de estas retrospectivas (memorias estéticas), los autores repasan su propia obra a través de un dispositivo poético.

 

A este tipo de piezas, las disfrutan, sobre todo, quienes conocen la obra y tienen deseos de celebrarla. Pero también son puertas de entrada para quién pasa a curiosear. Siempre y cuando entienda que sus sentidos se le destrabarán continuando el recorrido desde el final hacia el principio.

 

Un grupo de cinco amigos entran a una casa. Ahí viven dos del grupo. Vienen del teatro. De ver una obra llamada “el ávido espectador”. La conversan. Cuentan partes, opinan. Dicen: “es alegre e intrigante”. Ponen música. Se preguntan si esa melodía tosca que suena es la misma que sonaba en la obra que acaban de ver. El espectador rápidamente se da cuenta del dispositivo: los actores en escena están develando todo lo que sucede y sucederá sobre el escenario. Es decir, sucedió y está sucediendo, a la vez. Y sucederá también, de la misma forma.

 

La obra dentro de la obra dentro de la obra. Rápidamente se impone un tono. No es coloquial, ni naturalista, ni se puede explicar desde lo psicológico o cotidiano. Se quedan quietos mirando para adelante. Se ríen demasiado. Hablan con frases cortas y literarias. Dicen lo que el autor les escribió. Son personajes.

 

Todos actúan de una forma extrañada, como marionetas, menos una. En el grupo de amigos, hay una que es actriz de la obra que acaban de ver. Los demás le dan cumplidos y le hacen preguntas sobre la obra que acaban de ver. Ellos conocen la obra desde afuera, ella desde adentro. Pero en la puesta de Carolina Adamosvky (que no casualmente también está ahí como una más del grupo), la actriz del grupo es la que menos actúa. Ella mira con incredulidad. ¿De qué se ríen?, se pregunta. ¿Por qué hablan así?

 

En la obra de Zingman los espectadores son más actores que los actores. Esto resuena con una reflexión que hacía Bartís en los noventas y que debe estar volviéndose más contemporáneo de lo admisible. “Si todo el mundo actúa, ¿qué podemos hacer los actores ahora?”.

 

También se puede sumar una frase del también fallecido Alberto Ure: “Nunca creí demasiado que detrás de una máscara social podía aparecer un rostro verdadero; más bien pensaba que detrás de la máscara social sólo podía aparecer otra máscara social, y así siguiendo hasta encontrar el rostro helado de la muerte”

 

El juego especular y anticipatorio de la obra, del actor-espectador, es incómodo porque obliga al espectador real a activar. Por ejemplo, es ineludible no mirar las caras de los demás en la platea e incluirlos dentro de la puesta. Pensar en su rol y, por lo tanto, en el propio.

 

Luego está su importante función retrospectiva. Más allá de ser apoteósica en su distanciamiento y en su tono absurdo característico en el autor, posee un guiño que sirve de homenaje. Los amigos repasan figuras teatrales que nunca llegan a nombrar. “¿Te acordás de aquél director brillante?”, “Sus puestas eran una más osada que la anterior”, “Nunca sabías con qué te ibas a encontrar”. Quien conozca al grupo Caraja-ji y a la trayectoria del autor podrá jugar a identificar referentes y maestros de la escena teatral argentina. Es un homenaje y un repaso, pero a lo Zingman.

 

Como la conocidísima y nunca entendida frase de Nietszche, la obra es un abismo inquietante que de mirarlo lo suficiente, te empieza a mirar a vos. Al poco tiempo se produce esta sensación ominosa de que ya está todo dicho. La obra explica de forma sencilla y concisa lo que es y el espectador lo entiende rápido. Aunque el absurdo fantástico siga ahí y se despliegue, puede aparecer también una sensación de planicie, de tercer acto predecible. Sin embargo, el dramaturgo se guardó bajo la manga y arroja a su público desde la tumba algunos de los giros más impredecibles que jamás se hayan visto sobre un escenario. En esto está la virtud máxima del ávido espectador.

 

Esta decisión estructural no es un mero artificio para no perder la atención del público, sino un manifiesto ético-estético. Lo que se pone en juego son las ideas de fondo y de superficie. Por ejemplo, la dueña de casa es artista plástica (su casa está llena de sus obras), otra era artista plástica, luego fue actriz, pero ahora se puso una dietética. Es decir, hay una actriz, una artista plástica y una que ahora no es más que espectadora. En ese living se comenta el arte dramático, el arte escénico y la vida del artista. Una trabaja sobre cosas, otra sobre su propio cuerpo, otra directamente no puede. Una hace cosas eternas, otra efímeras, otra no hace nada. ¿Cuál está más satisfecha? ¿Cuál encontró algo en el fondo? ¿Cuál se siente satisfecha, representada?

 

La catarsis (a la que le tenía particular bronca Brecht) exorciza algo interno del espectador pero lo satisface, lo anestesia. Zingman, en una obra que te hace carcajear de la incomodidad, ofrece lo contrario: la pregunta sobre lo propio reflejado en lo ajeno. La obra se trata de quién la mira.

 

Para concluir, el efecto especular y abismante de la obra produce una saturación inesperada. Es totalmente ridículo que ni bien salga el espectador de la sala, lo primero que se le ocurra es que no hay nada por decir. La directora misma cuenta: «Mucha gente trata de explicar la obra pero se da cuenta que no puede hacerlo». La razón es una: la obra ya ha dicho más que suficiente sobre sí misma. Entonces es cuando cae la ficha de que de lo que queda por hablar no es del trabajo de Adamovsky o del texto de Zingman, sino del arte teatral, todo, en su conjunto. De su impacto en la vida. En la vida de cada uno. No hay mucho para decir sobre la obra, pero la obra tiene mucho para decir. El ávido espectador no dejará nunca de participar de ninguna sobremesa.

 

Ficha:

Elenco: Carolina Adamovsky, Javier Lorenzo, Juliana Muras, Analía Sánchez, Mariano Sayavedra y Carolina Tejeda

Colaboración artística Gabriel Baigorria

Diseño sonoro y composición musical Marcelo Katz

Diseño de iluminación Alejandro Le Roux

Asistencia de iluminación Magalí Perel

Diseño de vestuario Mariana Seropian

Diseño de escenografía Cecilia Zuvialde

Dramaturgia: Alejandro Zingman

Dirección Carolina Adamovsky

Género: Teatro del absurdo

Categorías: Reseñas

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