Al Oeste (I y II)

Al Oeste (I y II)

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    CTBA

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Mostrar un recoveco

Martín “Tato” Flores Cárdenas es un hombre con cabeza de casa. El mismo que se puede ver en Almagro, en la puerta de un local que esconde dentro una pequeña sala de teatro. Una sala particular, que vez de estar revestida de negro en techo, piso y paredes, luce una madera natural. En ese mismo inmueble en el que funciona ese teatro, también funciona la casa del dueño. Por eso su nombre: Casa Teatro Estudio.

Podríamos decir de esa imágen que opera igual que sus obras: hay una gran presencia del “yo”, pero enmascarada, corrida. A ese “yo”, a veces, no se le ve la cara, sino la casa.

Por esta obstinada singularidad es que Tato rechazó varias veces la invitación a participar del Complejo Teatral de Buenos Aires. La serie de excusas que aportó son: no tiene chiste hacer lo que hace fuera de su teatro, lo que hace no son obras, sus no-obras no son objetos acabados (que valgan la atención financiera del teatro oficial), y alguna otra más que debidamente fueron todas dejadas de lado. Por suerte.

Al Oeste sería el ensayo con el que Tato piensa en voz alta con gran presupuesto. La instalación teatral es de dos partes y el adelanto de una tercera. Quizás porque cada parte está en desarrollo, quizás porque el autor prefiere reforzar la naturaleza abierta de su obra.

El primer dispositivo revolucionario con el que la sala se hipnotiza es una hoja en blanco. La proyección recortada de la pantalla de su mac, en la que escribe en tiempo real. Así de simple, así de revolucionario.

Otra hoja en blanco es el espacio escenográfico. Distinto es un espacio mínimo y liminal, pleno blanco, que un espacio desnudo. Tato decide poner el espacio al servicio de la luz y la imaginación.

A través de esta vacío que va llenándose de palabras el autor se abre al público combinando teatro con literatura. Esta actividad conjuga el ensayo y la reflexión. “Ensayo”, como dicta la etimología francesa, una prueba, una posibilidad entre muchas, la repetición que no repite. La “reflexión” es un pensamiento hacia afuera, también un reflejo. El teatro asoma en imágenes, alusiones.

Como detalle de color, en esa extensión difusa, Tato confiesa su dislexia. Es verdad que mientras escribe a gran velocidad, erra. Pero no hay ningún grado de representación, ni ilustración de tal dificultad. Más allá de su veracidad (que es un asunto siempre menor) queda, quizás, pensar sobre la relación entre las cosas y su orden. Hay un esfuerzo en ordenar algunas cosas (para que sean claras, entendibles) y, luego, una relajación por dejar ser de forma orgánica a otras. 

En esta parte clave de su instalación Tato lucha agónicamente contra el tiempo. La obra dura a la vez 60 minutos (como dice la gráfica impresa) y 75 minutos (como dice la página web). ¿Fallo de comunicación? ¿De planificación? Su procedimiento más llamativo y significativo es cuando escribe y borra (como es la naturaleza teatral) y vuelve a escribir para fijar (como es la naturaleza literaria). Lo mismo sucede con el tiempo de la obra. Está magnífico que así sea.

El siguiente dispositivo, más teatral acaso, es el cuerpo. Como probó en La fuerza de la gravedad, utiliza el cuerpo de un amigo, alberga. Como una casa.

Pablo Ragoni se suma como una especie de marioneta. Le pone cuerpo obtuso a lo que Tato narra obtusamente en la pantalla. Viste de vaquero, porque Tato lo soñó así. Soñó que Pablo Ragoni era un ex suyo, que se le aparecía vestido de cowboy. Desde el silencio, Pablo intenta fallidamente, siempre, interpretar la dramaturgia en vivo, que se puede leer antes.

La impresión que da, es que el dispositivo intenta domesticar la pesadilla. La capacidad de punzar que tiene la experiencia vital y personal de Tato, se lava un poco cuando es pasada a la palabra y compartida; pero se ridiculiza totalmente cuando Pablo intenta ponerle forma física.

El motivo estilístico de la instalación es “el oeste”, el oeste argentino (La San Juan de Sarmiento, por ejemplo), pero sobre todo el Oeste de los western de su infancia, las bandas sonoras de Ennio Morricone y ese imaginario que hoy lo sigue calentando.

El estilo trae la épica militar. Un bombo y un redoblante que suenan de lejos, acercándose y a veces, suenan de cerca marcando un pulso, un instante como un disparo. 

Las partes de Al Oeste trabajan con motivos y materiales similares pero tratan sobre cosas bastantes distintas. En la primera, Tato extiende el patio de su casa hasta el teatro Sarmiento y sigue haciendo coincidir a la vez dos cosas que rara vez se las ve juntas: la soledad y la amistad. Como si se obligara a sí mismo a poner un “nosotros” cada vez que le surge decir un “yo”.

La segunda parte, más seca y potente, acorde al nombre del teatro, vuelve a poner en duda lo de civilización y barbarie. Como en Mulholland Drive de Lynch, hay una larga previa de fugas poéticas e imágenes caóticas que desbordan el núcleo, el corazón podrido del relato. Todo parece una gran vuelta para dejar al público pasar a un recoveco secreto, sórdido y visceral.

Pero tiene razón en hacerlo y en hacerlo en el teatro oficial, porque no es secreto suyo sólo, sigue siendo secreto de todo el pueblo argentino y vendría bien que deje de serlo.  

Ficha:

Dirección: Martín Flores Cárdenas

Diseño de escenografía: Ruslan Alastair Silva

Diseño de vestuario: Lara Sol Gaudini

Diseño de iluminación: Matías Sendón

Música original y diseño sonoro: Diego Vainer

Coach de percusión: Luciano Scalera

Realización y puesta de video: Pablo Camaití

Asesoramiento en coreografía: Marina Otero

Asesoramiento artístico: Diana Lenton

Asistencia de dirección: Bernardita Epelbaum

Categorías: Reseñas

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