Chayka, o del peligro de los sueños.
Un día de invierno de 1895, La Gaviota de Antón Chéjov se estrenaba en el teatro Aleksandrinski de San Petersburgo. Durante la representación se escucharon abucheos, toses, risas histriónicas y algún comentario airado proveniente del público. La Gaviota no fue comprendida; eran formas nuevas las que allá, en esos escenarios de la fría Rusia, se planteaban. Además, parecía que los actores y las actrices mismas no sabían cómo llevar esa obra tan peculiar a la actuación. Entre el realismo y el simbolismo, los diálogos durante la representación adquirieron matices no resueltos y giros inentendibles, posicionando dos maneras de leer, de ver y de actuar la una frente a la otra en el mismo escenario.
Hoy, la compañía Lambrusca con su obra Chayka, recoge los restos de aquella noche de estreno para cuestionar la experiencia de los intérpretes que dieron vida a esos personajes icónicos. La propuesta busca regresar precisamente a ese punto de quiebre donde la actuación cambió para siempre, explorando qué otras realidades pudieron habitar en el caos del estreno.
En escena, cuatro actores de La Gaviota van a entrar en breve en el escenario para interpretar la obra. El teatro está llenándose, el público va entrando y a ellos se les nota perturbados. Ánimos efervescentes, nervios y una angustia que trasciende el simple miedo al debut se instala entre bambalinas. Uno de ellos asegura haber ya vivido todo aquello y, con los ojos llenos de miedo, mira perplejo a sus compañeros de escena: pronto descubrirá que él no es el único. Pues parece que todos los intérpretes de aquella obra ya han vivido ese desastroso estreno en el paisaje brumoso de los sueños.
Todos lo han visto. Todos han soñado con aquella horrible pesadilla que es, para el artista, un público furioso y atacante. Y por miedo a vivir en sus carnes aquel sueño tratan de entender el texto una última vez o se obsesionan con volver a declamar mecánicamente los diálogos en los que llevan trabajando durante meses.
Pero nada logra que el sueño se desencadene y todo se empieza a retorcer. Los personajes van danzando de cuerpo en cuerpo, mezclando cada frase, retomándola y dándole, cada vez, un significado diverso. La incomprensión, la duda, la competición o los reproches salen de sus cuerpos desorientados y enmarañan aún más la realidad. Nada sale. Las escenas son repudiadas por el público. El sueño, o más bien la pesadilla, de todos se ha hecho al fin carne. Y en ese caos turbulento, se escucha un disparo.
Nina, María, Olga, Kostia… todos, se quedan petrificados. Han perdido sus voces, el rumbo de sus vidas, el entendimiento. ¿Volverán todos a encontrar el sentido en el filo de las frases de Chéjov?, ¿Encontrarán su propia voz dentro de aquel caos? ¿O, por otro lado, se verán consumidos por la envidia, el terror y la ficción?
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