Soné que era otra
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Prensa:
Natalia Bocca
De diosa a monstruo
Soñé que era otra toma el punto de partida de La metamorfosis de Franz Kafka y lo traslada con inteligencia a un terreno contemporáneo donde el cuerpo, el género y la mirada social se vuelven el verdadero campo de tensión. La obra no se limita a homenajear la novela corta, sino que la reescribe con una pregunta incómoda y vigente: ¿qué es lo monstruoso hoy?
Aquí, el “despertar” no convierte a Gretel en insecto, sino en un hombre adulto. Y ese desplazamiento, en apariencia menos fantástico, resulta profundamente perturbador. Para una joven modelo cuya identidad está atravesada por la mirada ajena, el deseo y la exigencia estética, habitar un cuerpo masculino envejecido es equivalente a volverse invisible, indeseable, expulsada.
Gabriel Nicola realiza un trabajo excepcional, llevándose el mérito de un indudable protagónico. Desde un primer momento, en el que se despierta y descubre su cuerpo transformado, apunta a caracterizar con sutileza a una mujer dentro del cuerpo de un hombre. Se toca, percibe su nueva forma, se sorprende, desea que sea un sueño, pero sabe que está despierta. Manifiesta su feminidad a través de sus gestos que, sin ser exagerados, son inconfundiblemente los de una mujer. Construye una feminidad que no cae en la caricatura, sino que se filtra en los detalles: la forma de tocarse, de habitar el espacio, de dudar antes de emitir la voz. La voz se vuelve un dispositivo dramático clave: lo que no debe ser escuchado, lo que traiciona, lo que revela. Quiere ocultar su transformación a toda costa. Pasa una hoja debajo de la puerta que dice “estoy sin voz”… pero después se le escapa el vozarrón y la familia estalla en gritos y desesperación “¿Quién está ahí? ¿Qué hiciste con Gretel? ¡Abrí ya la puerta o la tiramos abajo!”.
La puesta acompaña con decisiones simples pero efectivas. La habitación, delimitada por paredes invisibles, funciona tanto como refugio como prisión. A su alrededor, los otros espacios de la casa se sugieren con mínimos elementos. Las paredes invisibles primero son muy respetadas, con una clara puerta invisible ubicada en un lugar específico, pero después esas paredes se van rompiendo ¿El monstruo ocupa más lugar? ¿La habitación va comiendo la casa? Gretel danza bellamente en esa habitación con lo que es, con el cuerpo que le tocó ahora, aunque sea “un viejo feo”, y se desborda.
La reacción de los otros personajes —la negación de la madre, el rechazo del padre, la incapacidad del novio de reconocerla— no solo refuerza el absurdo, sino que expone la fragilidad de los vínculos cuando se desarma la imagen esperada. La obra incomoda sin necesidad de subrayar. La inspiración en Kafka es evidente, pero también lo son las decisiones artísticas originales: el problema es de género, y los contrastes y los choques con los otros personajes despiertan preguntas para reflexionar. ¿Por qué genera tanto rechazo un hombre adulto? ¿Un hombre puede ser acaso igual de deplorable que un monstruo? ¿Sigue siendo una mujer aunque su cuerpo haya cambiado?
En su audiodiario, Gretel con voz de hombre, va contando cómo se siente. Aprovecha así para realizar una crítica a lo que que es la cotidianeidad humana, las rutinas de trabajo, lo que repetimos todos los días, la hipocresía del mundo del modelaje, los malos tratos y la dieta estricta. Ahora tiene, al mismo tiempo que una prisión, una nueva libertad. Puede comer lo que quiera. Puede quedarse en su habitación en paz sin la obligación de lidiar con el mundo exterior. Emerge algo más ambiguo: en medio del encierro y la exclusión, hay una forma de libertad. La prisión es también una pausa.
FICHA
Actúan: Guillermo Flores, Gabriel Nicola, Graciela Pafundi, Santo Rocca, Nacho Stamati
Fotografía: Gabriel Rocca
Coreografía: Gala Schneider
Diseño sonoro: Santo Rocca
Diseño de iluminación: Matías Noval
Diseño de espacio: Miguel Sorrentino
Diseño de vestuario: Paula Molina
Prensa: Natalia Bocca
Asistencia de dirección: Victoria Valdez Fermoselle
Dramaturgia y dirección: Miguel Sorrentino
Nota sobre Soñé que era otra por Sathya Dematti
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