Las adoro

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    Varas & Otero

 

Lo que punza 

Hay un sector importante que cree que academia y arte se llevan mal. Que la carga conceptual arruina la vitalidad, la frescura, el impulso creativo. Por supuesto que hay casos de emboles cultos; de perpetuadores de los cánones. También de autodidactas y de exitosos intuitivos. Pero, es innegable que el buen arte y la investigación son indisociables. Quizás se trata de si, cuando coinciden, lo que hay detrás es punctum.

 

Punctum es lo que Roland Barthes ensaya como un interés más allá de lo que uno puede explicar. A uno no le interesa algo porque es reconocido y aceptado por la sociedad sino, por el contrario, porque le toca una fibra, le mueve algo en las tripas, lo convoca de forma personal, particular, misteriosa.

 

El arte teatral tiene la gran suerte de que sus autores y teóricos son personas que fueron, hicieron y volvieron. Esa tradición sigue vigente y uno que la mantiene viva y la lleva aún más lejos se llama Juanse Rausch.

 

Juanse Rausch investiga la estética camp. Es decir, lo contrario a lo que hacen esos otros que estudian mucho para decir lo mucho que estudiaron y luego hacen lo mismo que ya se hizo, esperando que eso sea prestigioso por ósmosis. Rausch agarra lo vulgar, los deshechos de la cultura, lo que está al margen y es vilipendiado, y lo pone, con decisión, frente a las luces de la escena, lo reivindica. Hace un arte enciclopédico, lleno de referencias, nombres  y pasados; no para decir lo mucho que sabe, sino para darle vitrina a los menos nombrados.

 

No es casualidad, ya lo hizo en La Revista del Cervantes, con la vida de Paco Jamandreu, con el diario irónico de La Bella Otero en Saraos Uranistas. Juanse fagocita archivo y chisme y reconstruye con ellos mundos expresivos dejando la sensación de que monta en sus obras a los personajes que le hubiese gustado poder ver y no pudo porque nació algunas décadas tarde.

 

En esta nueva ocasión lo que lo convocó es una figura: Jorge Luz. Él, viejo actor, transformista, imitador y humorista de extensísima trayectoria, que también era muy hermano de su hermana: Aida Luz. Los dos llegaron a viejos teniendo, cada uno una carrera más prolífica y diversa que el otro.

 

Las Adoro es la historia de dos hermanos actores que son Jorge y Aida pero también son muchísimos otros. En la versión idílica de Rausch, José (Mariano Saborido) y Herminia (Lucía Adúriz) son dos octogenarios actores que viven juntos, discuten, actúan y recuerdan. Para quién llegue a esta reseña desde un lugar más casual, es como ver dialogar a Niní Marshall (o a Yeta, la abuela de la niñera) con Mamá Cora.

 

El cuerpo avejentado es una oportunidad increíble para la composición actoral. Si actuar es acumular vivencias en un cuerpo de forma tal que éstas queden a la vista en la carne transformada; actuar de viejo, para un gran actor, es contar una biografía desde cuidadosos gestos, la sutileza del estar ahí con ese pasado puesto encima.

 

Lo primero que se debe decir sobre Las Adoro es que le da a dos eminencias de la forma y la sensibilidad una oportunidad insólita para jugar con ellas. Lo hacen a través de tres dispositivos escénicos.

 

El primero es un conflicto dramático clásico. José ensaya para un casting de una película. Decide hacer un texto que le vió a la hermana hace tantísimos años. Cerca del comienzo de la obra reciben un llamado telefónico. De la misma película, contactan a Herminia para que haga el mismo casting. El mundo pone a competir a los hermanos. Por supuesto que Juanse Rausch está por encima de cualquier aristotelismo oxidado. Esta situación se da vuelta, se resignifica y, sobre todo, le sirve de excusa para el segundo dispositivo: poner a actuar a esos talentos.

 

De a ratitos rompen la máscara del anciano y hacen imitaciones, ensayan escenas, profieren monólogos al éter; y también cantan. En este apartado, Las Adoro no es distinta a todos los demás éxitos del director. El público se podrá deleitar con boleros cantados como nadie.

 

El tercer dispositivo, el núcleo, son las infidencias. José y también Herminia hablan a público. Narran y también confiesan. En cualquier obra esto sería una convención, en esta, es lo más lógico del mundo. Luego de décadas de actuación, es natural que un actor y una actriz como ellos tenga, en su casa, una platea de cien butacas a la que le hable de forma cotidiana.

 

La metáfora central de la obra es “los mares de la memoria”. Ambos repasan su vida, obvio,  a través de la actuación. De lo que narran, se puede rescatar ese momento en el que ella, en sus inicios, hace un monólogo que le cambia su forma de vivir el teatro para siempre. Siente, cuenta, que “le sacaron los ojos y le pusieron uno más grande”. También tiene un increíble remate. Su profe le dice “muy lindo, Adorno, pero no se la crea”.

 

Esa operación se repite a lo largo de toda la obra. El baile incesante entre lo solemne y lo hilarante que siempre agarra desprevenido al público y le hace soltar lágrimas y carcajadas inesperadas. En ese procedimiento archiconocido que ejecuta Rausch lo que sobresale es la sorpresa. Siempre juega con el riesgo de romper con sus propias escenas para que no sean una escena más.

 

Otro aspecto ya conocido en su obra, es un posicionamiento político en el contenido, pero también en la forma. El más importante: imaginar futuros; proponer caminos alternativos. En este caso puntual, el arte y la hermandad. No caer en la tendencia opresiva de la competencia y el “sálvese quien pueda”. Desautomatizar, hacer trampa y encontrar la forma de proteger a tu hermana actriz. Y también, y no menos importante, a tu casa, el teatro.

 

Se mencionan, al pasar, viejos cines que fueron reconvertidos a templos evangelistas. Un teatro que está por ser cerrado es el otro corazón dolido de esta narrativa. De si vale la pena volver al pueblo (al pasado), para defenderlo y evitar, si se puede, su cierre. Para poder imaginar esos futuros, hay que proteger a tu hermano y a tu casa.

 

Aunque pueda repeler a algún que otro espectador, vale la pena volver a hacer énfasis: Las Adoro es una obra cálida, accesible, emocionante y cercana; pero también es el resultado de años de investigación y compromiso con la historia del arte teatral. No es para nada casual ese cambio de nombre: Herminia y José tienen en su documento el apellido Adorno (como el teórico de la escuela de Frankfurt que descreía del arte popular), pero se sacan esa “n”. En ese gesto también está la defensa de todas estas instituciones (el arte, la academia) pero en esa forma muy particular y personal. Adorando lo que punza.

 

 

Ficha

Dramaturgia: Juanse Rausch

Actúan: Lucía Adúriz, Mariano Saborido

Diseño de maquillaje: Adam Efron

Diseño de pelucas: Alejo Moises

Diseño de vestuario: La Polilla

Diseño de escenografía: Gonzalo Cordoba Estevez

Diseño De Sonido: Teodoro Gryner

Redes Sociales: BORIA AUDIOVISUAL

Música: Teodoro Gryner

Diseño De Iluminación: Facundo David

Fotografía: Irish Suarez

Diseño gráfico: Karina Hernandez

Asistencia De Producción: José Frezzini

Asistencia de dirección: Lola López Menalled

Prensa: Varas & Otero

Producción: Alejandra Menalled

Producción general: Nünproduce, Maru Belli, Karina Hernandez, Sandra Srolovich

Dirección: Juanse Rausch

Género: Musical

 

Categorías: Reseñas

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