El corazón del mundo

El corazón del mundo

Ficha

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  • Prensa:

    Carolina Alfonso

 

Un big-bang

Alguien una vez dijo “un fantasma recorre Europa”. Algún tiempo después, Derrida, en chiste dijo “hauntología” mezclando ontología (lo que hace a la esencia de las cosas) y “haunt» (del inglés “maldito”). Este término al pasar, lo popularizó Mark Fischer usándolo para ilustrar a una generación entera. Una generación educada por imágenes espectrales.

El teatro es bueno dándole carne a la ausencia, pero más que nada se ocupa de lo vital. Hasta el fantasma del padre de Hamlet es carne. El cine, en cambio, propone imágenes planas de escenas que una vez fueron. En un sentido estético el cine es el arte espectral por excelencia. Ya sea cuando retrotrae o cuando inventa. En la presencia de la pantalla siempre se ve algo que es y, a la vez, no es.

Entonces, Lautaro Delgado Tymruk y Sofía Brito dijeron: “tomaremos de ambos Artes, le agregaremos una pizca de magia y así tendremos la forma espectral definitiva”. Si se le suma a esa pulsión, el clima lumínico que construye Ricardo Sica, la pluma inconfundible de Santiago Loza y el aplomo maestral de Guillermo Angelelli, resulta El corazón del mundo. 

El dispositivo es el siguiente: una estructura soporta un vidrio inclinado hacia adelante unos cuarenta y cinco grados. El vidrio es enorme, del tamaño de una pantalla de cine. Detrás de él, está sentado un hombre sutilmente iluminado. Por momentos una proyección holográfica atraviesa el vidrio inclinado y deja a la vista una refracción que se superpone con el detrás. Cuando el actor se ubica en ese plano, imagen y cuerpo se yuxtaponen. Desde la perspectiva de la platea, actor y proyección están en el mismo espacio y, a la vez, no. Están vivos, interactúan, cambian. Pero, a la vez, no. Está todo escrito, diseñado, coreografiado pero no con un fin espectacular, un mero asombro de virtuosismo. Es ominoso e incómodo. Esa distancia imposible es el arte más espectral.

El hombre se para y empieza a narrar. Cuenta que camina las mismas calles de siempre cuando el linyera del barrio, irrumpe rompiendo con su previsibilidad. No hace lo de siempre. estar tirado ahí, sino que lo rompe todo. Con un objeto contundente le revienta la nuca. El hombre narra, segundo a segundo, su caída. La descripción es lenta como en El milagro secreto de Borges o No se culpe a nadie de Cortazar. Una expansión narrativa. Cada milésima de segundo se ensancha y se llena de prosa. Sin embargo, en Loza aparece una imagen potente y única. Más parecida a una secuencia de Paul Thomas Anderson.

El cuerpo pronto a caer inerte, un segundo antes de tocar el suelo, estalla. En pedazos. Como en una combustión espontánea. Entonces, ahora, el narrador no es sólo uno, sino tres.

Santiago Loza tiene a su público acostumbrado a extensos monólogos donde los tiempos se entremezclan. En el corazón del mundo se empiezan a entremezclar, también, las personas. En este caso quizás sean tres, quizás más. Un hombre que no puede dormir hasta que sus hijos estén en casa, otro que cuando se deshace de su campera roja talismán ve a Buda; otro que presencia a un hombre ser golpeado por un linyera en la nuca; otro que pasea por un cementerio en París; otro que se enamora de su masajista; otro que muere abrazado a una almohada; otro que…

La superposición es el procedimiento principal de la obra. Lo que busca el relato es el centro. Lo que hace común a todos esos hombres. Quizás también a las demás personas que miran. El corazón del mundo. Donde todo es posible y se desprende todo en todas direcciones.

La obra, en algún punto, es una hazaña técnica. Proyectadas, aparecen casi cincuenta actores. Las imágenes fueron montadas por tres directores de cine con trayectoria (Nicanor Loreti, Fernando Szurman y Roly Rauwolf). El despliegue coreográfico y sensible de Angeleli es notable. La materialización mítica del actor que busca la luz. En este caso, la luz mínima holográfica y, también, la iluminación del final del relato. Cuando esa voz triple se reúne con su cuerpo y algo de él despierta.

Un pronóstico es que El corazón del mundo hará al teatro de Buenos Aires algo parecido a su voz narradora, le abrirá sentidos en todas las direcciones posibles. Como una llave maestra.

 

Ficha

Autoría: Santiago Loza

Actúan: Guillermo Angelelli

Iluminación: Ricardo Sica

Gestión: Teatro Del Pueblo

Asistencia de dirección: Mariano Mandetta

Prensa: Carolina Alfonso

Producción general: Sofía Brito, Lautaro Delgado Tymruk

Dirección general: Sofía Brito, Lautaro Delgado Tymruk

Género: Unipersonal

Categorías: Reseñas

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