Cae una Catedral (TABA)
Ficha
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Datos de funciones:
Mutuverria Pr
El arte de habitar la ruina
En la fragilidad de los reencuentros se despliegan, muchas veces, las preguntas más profundas sobre el cuerpo, el deseo y el paso del tiempo. “Cae una catedral” se inscribe en esa zona íntima y sensible donde los vínculos del pasado regresan para interpelar el presente, y donde el amor, la pérdida y la transformación física se entrelazan en un mismo gesto escénico. A partir de una semana compartida por dos hombres que se amaron en su juventud, la obra construye un territorio poético en el que la memoria, la enfermedad, la paternidad y la persistencia del afecto se vuelven materia viva de la dramaturgia, invitando a la platea a transitar una experiencia sensorial y emocional tan conmovedora como perturbadora.
“Cae una catedral” es la nueva creación del grupo teatral Los Pipis, integrado por Federico Lehmann y Matías Milanese, en coproducción con Fundación Proa. El espectáculo surge como resultado de un proceso de investigación desarrollado durante una residencia de tres meses, y se presentó en el marco del 14° Festival Temporada Alta en Buenos Aires (TABA). Lehmann y Milanese asumen aquí un triple rol como autores, directores e intérpretes, consolidando una poética escénica que ya se reconoce como una de las más singulares y potentes de la escena contemporánea.
La trama propone el reencuentro entre dos hombres que compartieron un amor en su juventud y que, tras años de distancia, deciden pasar una semana juntos. Uno de ellos atraviesa una extraña condición de salud que lo lleva a perder progresivamente capacidades; el otro regresa a la ciudad en medio de un proceso de subrogación de vientre, a la espera de un hijo. Ese lapso temporal acotado de siete días funciona como una estructura dramatúrgica precisa que permite condensar conflictos, recuerdos, tensiones y proyecciones futuras, transformando lo cotidiano en una experiencia teatral de alto impacto poético.
La obra se despliega como un mosaico de escenas que oscilan entre la intimidad más descarnada, la extrañeza y lo grotesco. El tono es ágil, dinámico y disruptivo, con una energía constante que sostiene la atención del público durante los ochenta minutos de duración. Los Pipis proponen una experiencia inmersiva que rompe con la frontalidad clásica: los actores recorren la platea, interpelan al público y construyen un espacio escénico expandido, donde la frontera entre escenario y espectador se vuelve porosa. Esa decisión no es meramente estética, sino que refuerza el carácter político y afectivo de la obra: el deterioro del cuerpo, la memoria del amor y la incertidumbre del futuro no se observan desde la distancia, sino que se comparten como una vivencia común.
El dispositivo escénico se caracteriza por una austeridad rigurosa. Los elementos materiales son mínimos, pero absolutamente necesarios y cargados de sentido. Cada objeto, cada superficie y cada acción física parecen haber surgido de un proceso de exploración y depuración, en el que se ha descartado todo lo superfluo para dejar en evidencia el núcleo del acontecimiento teatral: el cuerpo en acción. Esa decisión dialoga con una tradición del teatro físico y performático que entiende la escena como un espacio de experimentación donde la dramaturgia se escribe también con músculos, respiraciones, desplazamientos y resistencias corporales.
El trabajo actoral de Lehmann y Milanese es, sin exageración, sublime. Ambos sostienen una partitura física de gran exigencia, donde el cuerpo se convierte en archivo, en territorio de memoria y en campo de batalla. Corren, transpiran, se exponen, se tocan, se hieren y se cuidan. Cada movimiento construye sentido y participa activamente de la dramaturgia. No se trata de una actuación apoyada únicamente en la palabra, sino de una composición integral donde gesto, ritmo, respiración y espacialidad adquieren un valor semántico propio. El teatro físico aquí no es un adorno estilístico, sino la condición de posibilidad del relato.
La obra propone una reflexión profunda sobre el cuerpo como espacio político y afectivo. El deterioro físico de uno de los personajes no se presenta como un dato meramente narrativo, sino como una experiencia sensible que atraviesa toda la escena. La fragilidad, la dependencia, la vergüenza, la ternura y la resistencia se inscriben en los cuerpos de los intérpretes, generando imágenes de gran potencia. En paralelo, el deseo y la memoria del amor pasado emergen como fuerzas que resisten a la enfermedad, al tiempo y a las decisiones tomadas. En ese cruce entre eros y desgaste, la obra plantea preguntas incómodas y necesarias sobre la autonomía, el cuidado y la persistencia del vínculo.
La dimensión del tiempo es otro de los ejes centrales. Las proyecciones en pantalla, que dan cuenta del paso de los días, funcionan como un recordatorio constante de la finitud y del carácter efímero de ese reencuentro. El tiempo no es aquí un simple marco, sino un agente dramático que presiona, que urge, que obliga a decir y a hacer. La estructura de los siete días, casi como un ritual, organiza el relato y permite que cada jornada se cargue de expectativas, frustraciones y pequeñas epifanías.
La iluminación y la musicalización acompañan y expanden el universo poético de la obra. Las luces modelan los cuerpos, subrayan estados emocionales y construyen atmósferas que van de la intimidad nocturna a la exposición cruda. La música, lejos de ser un fondo, dialoga con la acción y contribuye a ese constante devenir de imágenes coreográficas que caracterizan la propuesta. En conjunto, luz, sonido y proyecciones conforman un entramado sensorial que potencia la experiencia inmersiva y refuerza la dimensión performativa del espectáculo.
Cae una catedral es, en definitiva, un relato sobre el cuerpo, los vínculos, las destrucciones y las reconstrucciones posibles. Es una obra que habla del autoboicot, del miedo a amar, de la dificultad de proyectar un futuro cuando el presente se vuelve incierto, pero también de la potencia transformadora del encuentro. La poesía, la coreografía y la sucesión de imágenes construyen una dramaturgia que no se limita a contar una historia, sino que invita a sentirla, a atravesarla y a pensarla.
“Cae una catedral” se instala como una experiencia que trasciende la anécdota para convertirse en una meditación sensible sobre aquello que se derrumba y aquello que, pese a todo, insiste en permanecer. En el cruce entre el deseo, la fragilidad del cuerpo y la construcción de los vínculos, la obra invita a mirar de frente las ruinas personales y colectivas que vamos edificando a lo largo de la vida. Entre la risa incómoda y la emoción sincera, entre la fisicidad extenuante y la palabra poética, Los Pipis construyen una pieza que interpela, sacude y conmueve, recordándonos que toda catedral —simbólica o real— también está hecha de cuerpos que aman, que se desgastan y que, aun así, siguen buscando un lugar donde sostenerse. Una propuesta potente, honesta y necesaria, que deja resonancias mucho después del aplauso final. Altamente recomendable.
Ficha
Elenco: Federico Lehmann y Matias Milanese
Dirección: Federico Lehmann y Matias Milanese
Género: Teatro físico. Comedia dramática
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