Bell End + apertura de TABA
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Mutuverria Pr
El ritual de los pelotudos
Temporada Alta Buenos Aires, más conocido como TABA, es un festival veraniego que ya lleva, nada más y nada menos, catorce ediciones. Realizado en cooperación entre Barcelona y Buenos Aires, suele traer elencos europeos y realizar semimontados, talleres, charlas y torneos de dramaturgia internacionales.
Este año, el honor de la apertura del festival se lo llevó Mathilde Invernon. Ella es una intérprete franco-española radicada en Suiza. Hace algunos años que comenzó a trabajar Bell End como objeto de una beca de investigación y un premio obtenido en un concurso destinado a coreógrafos emergentes. La perfo que abrió el TABA ya pisó varios festivales antes de arribar a Argentina.
La palabra “bellend” literalmente se refiere al final de la panza pero en Reino Unido refiere al glande del pene y, más a menudo, a un idiota. También es una ciudad en Worcestershire cuyos parroquianos seguro recibirán frecuentemente burlas.
La autora propone, a parte, en el ámbito del festival un taller donde trabajará los procedimientos que sirvieron para la construcción de esta obra. El foco está en encontrar los microgestos y micropalabras que construyen al “Bellend”, en el caso argentino, al “pelotudo”.
A ella la acompaña Arianna Camilli. Juntas forman la instalación de dos estatuas vivientes que a la vez de construir a ese “pelotudo”, violento, machista y provocador hacen su propia versión. Siendo una el pelotudo trágico y la otra el pícaro.
La perfo tiene, quizás, tres momentos bien distintos. El piazzato, el primero, con la entrada del público incluída, propone una competencia de presencia escénica. Cada una utiliza distintas herramientas para absorber la atención del público: una, la trágica, opta por un estado más pasivo, afectado, se golpea la panza, sufre; la otra, la pícara, el eructito, la morisqueta e, incluso, en un momento destacado, utiliza al público de baranda para ascender por el medio de la platea.
El escenario está vestido con un plástico blanco en el suelo, dos torres de parlantes de una altura media y los subtítulos (en cierto se habla en francés).
La puesta trata de invertir una carga de poder sobre la mirada: las performers miran más de lo que son miradas. Sus cuerpos no se someten a la lógica de la escena, no producen un espacio voyerista unidireccional, sino que incorporan al público. La cuarta pared queda a espaldas de ellos.
En el segundo momento se pone en juego un diálogo imposible entre dos piropeadores. Pero este no sucede con las bocas sino con las panzas. La perfo tiene como protagonista la ventriloquía. Los cuerpos no representan con verdad la situación de violencia, la encarnan desde esos estados previos (una sufriendo, la otra bufando). Son panzas que ponen esa masculinidad tóxica en ridículo sin catarsis, ni regodeo. Mathilde, Arianne y sus cuerpos escénicos son en ese momento tanto víctimas como victimarios.
De a poco, una musicalidad se va colando en las voces como anticipo del gran final, cuando la melodía se apropia del escenario. La puesta propone una acumulación distinta a la habitual. No se trata de un conflicto que se encierra en su impotencia, sino en capas de sentido que se superponen. Primero son dos panzas y dos rostros, luego el lenguaje oral masculino, violento. Hacia este tercer momento, lo que gana mayor presencia es una canción infantil, cantada en un tono angelical, brillante, femenino. Pero su contenido es sexual, violento y trágico. Se suma una capa más, sonora, que alude a caos, manifestación, violencia, incertidumbre.
Tragedia y comedia no están imperturbables, sus cuerpos se abren al desgaste de la mera exposición escénica. No conducen emocionalmente al espectador, ni a la identificación, ni al rechazo. Es facultad del espectador hacer el proceso de resignificación de la experiencia, según su propio humor, su propia incomodidad, su propia satisfacción con el ritual.
El teatro ha acostumbrado a sus espectadores a contarles cuentos cerrados con moño y con esto, se aleja de su capacidad de ritualizar. Bell End propone repetir como forma de invocar demonios y exorcizarlos. Sobrepasar las barreras del sentido inmediato y empezar a entrar en otros sentidos rítmicos. Curioso es que luego de esa cantinela que se repite y se repite y se repite, se pueda afirmar que la obra deja a la totalidad de la platea “medio pelotuda”.
Ficha:
Concepción, puesta en escena: Mathilde Carmen Chan Invernon
Interpretación: Arianna Camilli y Mathilde Carmen Chan Invernon
Dirección técnica de escenario: Marie Montfort Prédour y Hugo Cahn
Creación de luces: Justine Bouillet y Loïc Waridel
Escenografía, Vestuario: Andrea Baglione
Creación sonora: Aho Ssan y Loïc Waridel
Entrenador vocal: François Renou
Colaboración artística: Maud Blandel
Miradas externas: Anna-Marija Adomaityte, Piera Bellato
Confección de vestuario: Charlotte Lépine
Asistencia de escenografía: Antonie Oberson, Gaëlle Chérix
Producción: Cie Carmen Chan, Christine Maupetit
Género: Performance
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