La muerte de un viajante
Ficha
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Datos de funciones:
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Prensa:
Raquel Flotta Prensa y Comunicaciones
Una radiografía de la sociedad norteamericana
La historia de Willy Loman es la de cualquier hombre común. Es la historia de un hombre que regresa a su hogar en Brooklyn, Nueva York, con sus dos valijas repletas de chucherías que ya nadie le compra, pero también de anhelos y frustraciones que lo van carcomiendo por dentro hace mucho tiempo. A Willy Loman lo encarna el inagotable Alejandro Awada, quien con una maestría única invita al espectador a que lo acompañe en esas interminables travesías comerciales por las rutas norteamericanas, para volver a casa, finalmente con unos míseros cincuenta dólares.
En su casa siempre lo espera Linda Loman, su amada esposa, interpretada por Ingrid Pelicori. El retrato familiar lo completan sus dos hijos: Biff, en quien Willy Loman ha depositado gran parte de sus sueños, y Happy, el eterno mujeriego. Junior Pisanú construye un Biff irascible: las discusiones con su padre son álgidas y entremezclan amor y odio y calan hondo en la sensibilidad del espectador. Toto Salinas es Happy, quien está siempre más preocupado por una nueva conquista femenina que por el padecer de la familia.
El vestuario, en tanto un signo más de la representación teatral, es materia significante que se dota de significados y sirve para anclar la obra en tiempo y espacio: los vestidos de flores, el maquillaje excesivo, los trajes anchos y los sacos cruzados son todas prendas de vestir que transportarán al espectador a cualquier gran urbe norteamericana de la primera mitad del siglo XX.
La muerte de un viajante de Arthur Miller es una radiografía de la sociedad de consumo norteamericana. El autor vivió en carne propia el fracaso del sueño americano, porque su familia lo perdió todo con la Gran Depresión de 1929. Ese sueño americano es el mismo que lleva a Willy a levantarse todos los días, tomar sus dos valijas y salir a la carretera nuevamente, aunque no logre vender absolutamente nada. Pero el sueño americano sigue estando ahí: porque como sostuvo Robert Merton, el gran sociólogo funcionalista, para el individuo promedio de esa sociedad ese sueño es un horizonte siempre posible. Fracasar es sólo una escala momentánea, tan sólo un obstáculo, del cual hay que recuperarse lo más rápido posible y seguir. Y eso lo sabe muy bien el obstinado Willy Loman. Porque siempre puede haber una nueva oportunidad de negocio. Por ejemplo, aquélla que le traerá el tío Ben, su hermano mayor, un exitoso empresario (no como él, claro está): ¿y si hay que dejar todo atrás e irse a Alaska para empezar de cero? ¿Será la nueva tierra prometida ese lugar virgen y desconocido? Esas preguntas sobrevuelan en la mente del protagonista. A Ben lo compone Marcos Woinsky que, con un porte imponente y un traje blanco impoluto, encarna a quien podría ser un típico hacendado de cualquier estado sureño norteamericano ex confederado. A través de la técnica del flash back, Willy Loman vuelve sobre su pasado: algunos de esos diálogos con Ben sobrevienen y le recuerdan las decisiones desacertadas que finalmente tomó. ¿Desacertadas? ¿para quién? el sólo busca cumplir su sueño. Salir todos los días, vender algo, ganar dinero y volver a su hogar. No pide mucho más. Pero el sueño se le está escapando, cada vez más lejos: se le escurre como arena entre las manos. ¿Trabajar para Charley? Jamás. Willy Loman invirtió más de treinta años de su vida en la empresa. Y no va a dejar todo sin más…
El espacio escénico se compone de objetos mostrados (la mesa familiar, el cartel luminoso de un hotel de ruta, el balón de fútbol americano). Pero también de otros objetos evocados: el automóvil y la ruta, ambos centrales para comprender la vida del protagonista y la obra misma.
La muerte de un viajante es la historia de un hombre sólo frente al sistema. Esto no resulta una novedad y hay muchos ejemplos en la literatura, la filosofía o el teatro. Es Sócrates en La República de Platón antes de tomar la cicuta y es también Edipo Rey en la mirada de Sófocles. Lo interesante aquí es que Willy Loman no es un líder extraordinario sino tan sólo un hombre común y corriente luchando por no perder lo poco que le queda de dignidad. ¿Y si esa dignidad tiene un precio? No, para Willy Loman, no.
La versión que componen Federico González del Pino y Fernando Masllorens, y que dirige Daniel Marcove, ha sido cuidada hasta el mínimo detalle. Desde un punto de vista sonoro, la música, en particular una melodía repetida varias veces, tiene como función separar los distintos actos de la obra. Otros sonidos (autos, carreteras, choques) apuntalan la experiencia sensorial del espectador.
En la puesta en escena de este texto dramático es como si todo se hubiese vuelto doble: el espectador tendrá frente a sí a Willy Loman, pero también a su alter ego y amigo Charlie. Dos imágenes del éxito y el fracaso. O de la obstinación y el pragmatismo. El espectador también verá a su esposa Linda, pero como todo aquí es dúplice, también conocerá en un motel de carretera (o en varios de ellos) a su amante ocasional, interpretada por Anahí Gadda. Sin embargo, también dos son sus hijos, y también entre dos modelos de individuo deberá elegir el espectador: por un lado, Biff, el incorregible, por el otro lado, Bernard, el exitoso, que, en la piel de Lucas Matey, parece haber logrado todo lo que Willy Loman deseaba para su propio hijo y que nunca consiguió.
Willy Loman interpela al espectador. En algunos momentos se identificará con el admirativamente. Es un hombre sólo luchando contra el sistema. Pero en otros momentos intentará distanciarse: ¿por qué embarcarse en esta batalla quijotesca contra los molinos de viento? ¿Es que alguien alguna vez venció al sistema?
Y ahí aparece Willy Loman. Avanzando con sus dos maletas hacia el espacio liminal fuera de la escena, para perderse entre la platea. Porque decidió dejar todo atrás. Y atrás también quedará su familia que nunca entendió del todo la batalla que él estaba librando. No era por dinero, ni por éxito, era una batalla por su dignidad. Y triunfó. El problema es que lo hizo justo cuando había terminado de pagar la última cuota de la hipoteca.
La muerte de un viajante acaba de ser reestrenada en Nueva York y llega ahora también a la cartelera porteña. Para ver una y varias veces, porque permite reflexionar sobre los éxitos y fracasos cotidianos de personas comunes y corrientes como Willy Loman, o como de cualquiera de los espectadores de esta pieza teatral única que, aunque estrenada por primera vez en 1949, goza hoy de total vitalidad.
Ficha:
Actúan: Alejandro Awada, Ingrid Pelicori, Gustavo Rey, Marcos Woinsky, Anahí Gadda, Junior Pisanu, Toto Salinas y Lucas Matey
Autor: Arthur Miller
Versión: Federico González Del Pino, Fernando Masllorens
Diseño de escenografía: Marcelo Salvioli
Diseño de vestuario: Alejandro Mateo (ADEA)
Diseño De Iluminación: Miguel Morales
Realización escenográfica: Eduardo Spindola
Realización de vestuario: SARTE realizadoras
Música original: Sergio Vainikoff
Fotografía: Nacho Lunadei
Arte Gráfico: Nahuel Lamoglia
Prensa: RF Prensa y Comunicaciones
Producción ejecutiva: Rubén Sibilia
Asistencia de dirección: Marta Barnils
Producción general: Alberto Teper
Dirección: Daniel Marcove
Género: Drama
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