La mayor
Ficha
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Prensa:
Carolina Alfonso
13, 76, 25
Es loco pensar que ya pasaron más de cien años desde que Proust escribió En busca del tiempo perdido. Ciento doce años para ser exactos. Su magdalena (ese episodio en el que el pasado del narrador se dispara involuntariamente a partir de un bocado), es uno de los símbolos de cierta forma de arte. Cierto fluir inasible de la voz basado en un no-sé-qué fuera de control. A la magdalena se le puede agregar el Ready-Made (objet trouvé) de Marcel Duchamp y el punctum de Roland Barthes. Cosa influyente, los franceses y lo que no se puede nombrar.
Es loco, también, pensar que pasaron casi cincuenta años desde que Juan José Saer escribió su propia versión de la magdalena: el cuento La Mayor. En dónde su narrador come una galletita de agua sopada en té a la espera de que emerjan recuerdos.
La Mujer Mutante es una de las compañías más singulares y experimentales de la singular y experimental escena teatral porteña. Creada en 2015 bajo el signo de la crisis existencial. Desde entonces ofrecen viajes tales como una experiencia teatral en un cementerio (Una obra más real que la del mundo), un paseo por los bordes de la ciudad (Algunas notas para inventar otros mundos), una obra contra la representación (El mundo es más fuerte que yo).
La versión de La Mayor que la compañía propone, es la primera de sus obras, que no tiene “mundo” en el título (sí lo tiene al final cuando se pregunta “¿en qué mundos?”). El ejercicio en que se sumergieron es el de la lectura de un texto imposible. Según su propia sinopsis: invertir el “de aquello que no se puede hablar, es mejor callar”, entonces: hablar, hablar, hablar. Como las palabras, palabras, palabras de Hamlet. Que también, aunque parezca raro, es un texto de clausura. Un intento por tomar algo como el género de venganza y hacerlo tan mareado que ya no quede nada más por decir.
Victoria Roland y Juan Coulasso (directores de la performance) hacen eco de la hipótesis saeriana: “¿Cómo reconstruir sentido desde el pasado?”. Hipótesis retórica y pesimista. Porque el narrador, ya en el cuento, dice: “al probar [la galleta], nada, lo que se dice nada”.
No un ensueño romanticista, ni una ebullición de colores y formas. Sino el lenguaje siendo caótico, repetitivo e ineficaz. La voz microfoneada de Victoria lee un cuento roto y lo rompe aún más. Lo interviene Guillermina Etkin, con su propia voz, con un piano, una trompeta, con un sintetizador. Se suma también el bajo de Azul Faini. Leído así cualquiera apostaría por el clima de un sótano jazzero. Por el contrario, La Mayor es un ritual electrónico de planos, ecos, reverberaciones, fondos. No hay un frente, un orden lineal, ni organización orgánica. Hay poética densa.
Juan José Becerra, que también escribió sobre la experiencia, se detiene en el mote de poesía. Sólo para agregar un detalle: la palabra “verso” significa volver. La lectura del texto de Saer quizás se vuelve poética en relación a su ritmo. La expresión “estuve, estoy estando” que se repite y se repite, habla de un continuo que tiene gusto a interrupción.
El teatro se ensaya y los franceses usan ensayar como sinónimo de repetir. No una repetición mecánica, entre cosas iguales. Sino lo contrario, la repetición de lo que nunca es igual (como la memoria). Los textos se repiten, pero cada vez que se escuchan forman una materialidad distinta. A veces, por distorsiones, por inflexiones en la voz, por el sonido o la luz que acompaña. Esa repetición es un tartamudeo, un balbuceo que profundiza en el sentido quebrado de la palabra, en su fracaso. Por momentos, las voces de Victoria y Guillermina se empastan, se pisan volviendo la comunicación un imposible, comunicando eso. La mayor se vuelve el ritual de invocación al pasado en el que los fantasmas huyen.
Lajos Egri decía que el teatro se motoriza por contradicciones y lo ilustraba en la imagen de una flecha que está en un lugar, pero al mismo tiempo está en el siguiente. De igual manera a ese narrador que está en cada escalón y en el anterior y el siguiente y está también en la terraza a la cuál aún no ha llegado.
Hoy, se puede leer esta superposición de tiempos como un símbolo de la ansiedad que inunda todo. Es decir, en vez de memoria involuntaria, imaginación involuntaria o, mejor, anticipación involuntaria. Tal como explica la primera y más importante frase del cuento, la memoria, ese valor fundamental de la sociedad, ahora parece un imposible: “Otros, ellos, antes, podían.”
Ficha:
Texto: Juan José Saer
Performers / Voz: Victoria Roland y Guillermina Etkin
Composición musical y música en vivo: Guillermina Etkin
Asistencia de dirección, sonido y bajo en vivo: Azul Faini
Diseño lumínico: Matías Sendón
Diseño de vestuario: Belén Parra
Fotografía: Martina Perosa
Idea y dirección: Juan Coulasso y Victoria Roland
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