Flotando apenas
Ficha
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Prensa:
Cecilia Gamboa
Cómo curar el teatro
El teatro clásico, tal como el isabelino o el teatro de la Edad de Oro Española se caracteriza por prestar particular atención al “cómo” (más que al qué). Los personajes dicen y, por consiguiente, la acción pasa. Las estructuras son bien conocidas y predecibles. Cualquier adicto al realismo y sus trampas diría que de lo que carece este teatro es de subtexto. Nada más equivocado. De lo que carece el teatro clásico es de engaño. La ilusión fantástica, el adentrarse a un mundo nuevo, es por acuerdo y convención. Es a través del juego con el lenguaje teatral.
Mantener la atención de un espectador promedio, hoy, hacia una fábula predecible (no por eso chata, ni simplona) es un desafío quijotesco que Juan Azar y elenco se proponen en Flotando Apenas. Y aún así, no contentos con esto, se la hacen a sí mismos más difícil aún. Esta fábula, en particular, sucede casi enteramente en el agua.
Flotando Apenas cuenta la última travesura de una pareja de contrabandistas de arte. La que está de más, se podría decir. Con más riquezas de las que pueden administrar, el villano de esta historia (Valentino Naughton) decide cometer una última fechoría, quizás la peor de todas: robar de las aguas del Paraná, el Pirá Hikué Mba’e Porá (un pez mítico como el de la película de Tim Burton o el de las meditaciones de David Lynch). Se dice que este pez tiene la capacidad de curar. Quién intente pescarlo, provocará la ira del río y de la justicia de los hombres.
De la justicia de los hombres no tienen de qué preocuparse, porque ya tienen todo pactado. El oficial de la prefectura sobornado sólo necesita de un perejil a quién culpar y la pareja ya encontró al hombre ideal. Un rústico pescador de la zona (Juan Azar), nunca conoció el amor, y por eso será fácilmente manipulado por la bella mujer de la pareja (Zoe Baez) para cometer la transgresión.
Ella es actriz, siempre deseó serlo, y sublima su vocación a través de las estafas en las que la empuja el marido. Antes de este último malévolo plan ella le da a él un ultimátum: quiere dejar de fingir por dinero y subirse de una buena vez a un escenario tal como él prometió.
Para construir ese paisaje acuático con no más que tres sillas, la escena se sostiene por una incansable construcción espacial y compositiva física y el acompañamiento de los condimentos habituales técnicos del teatro moderno: el sonido y la luz.
Si se permite el señalamiento: si bien nunca deja de mostrar su artificio y materialidad, la obra, por momentos, trastabilla con su propia técnica y la opacidad que esta produce. Para sobreponerse a la constante necesidad de estímulo, la puesta se apoya en infinitos cambios técnicos que pueden llegar a volverse contraproducentes. Para construir un paisaje plástico y de variables texturas, los set pieces se vuelven obstáculos para contemplar los cuerpos, sus voces y lo que narran. Un vestigio de teatro moderno que no se concilia con sus antepasados analógicos.
Los muelles son extraordinarios espacios para el teatro porque construyen una metáfora de la cosa misma. Tanto los teatros como los muelles son miradores. El muelle también es la frontera entre la tierra y el agua, un lugar propicio para saltar.
El cuento que propone la obra es como tantas otras tragedias de amor. Donde el engaño y la prohibición son habitualmente protagonistas. Pero aún así, en su dispositivo teatral minimalista, que se apoya en el cuerpo para construir río, tormenta, casa, pez mítico y todo lo demás, sí hay capas. Capas de sentido que hacen de una propuesta clásica un comentario estético bien contemporáneo. Una vuelta al rito para darle valor al encuentro de los cuerpos. Para eso importante que juegue más la imaginación que el intelecto.
No es tampoco que le falten sutilezas conceptuales. En cierto periplo, el pescador cuenta de un evento en la zona. La proyección de una especie de autocine, pero en el río. A falta de paredes se usaron unos juncos. La pared de juncos viene funcionando bien hasta que funciona mal. Una correntada empieza a mover la pantalla y en eso, la imagen se entremezcla y el personaje dice que confunde quién es quién y para qué hace cada quién lo que hace. Esto, por supuesto, es un comentario meta. Una consideración del arte y de su hermetismo.
Flotando Apenas propone que el público entienda bien la historia y sus vericuetos, luego hará lo suyo en interpretar los sentidos y valores de tener esta tragedia litoraleña, ambiciosa como pocas, pero hecha con dos pesos. Lo que logra, que no es poca cosa, es que poesía y disfrute en el teatro sean indisociables. Que la obra se acerque, gane fuerza, convoque.
Quizás lo que propone Juan Azar es una condensación del mundo. Quizás fuera del teatro, el Pirá Hikué Mba’e Porá sigue secuestrado por fuerzas mezquinas y egoístas y, lo que queda es evitar a toda costa el engaño para devolverle al río su poder de curación.
Ficha
Dramaturgia: Juan Azar
Intérpretes: Juan Azar, Zoe Baez, Valentino Naughton
Diseño de vestuario: Pepe Arias, Mariela Peroni
Diseño de Iluminación: Juan Pablo Galimberti
Asistencia de dirección: Micaela Franco
Comunicación & Prensa: Cecilia Gamboa
Dirección: Juan Azar
Género: Comedia Trágica.
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