El funeral de los objetos

El funeral de los objetos

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Memorias que insisten

En tiempos donde lo desechable parece haber colonizado incluso los afectos, El funeral de los objetos propone detener el vértigo cotidiano para interrogar la materia íntima que habita en aquello que tocamos, guardamos, heredamos y atesoramos. La obra abre una grieta sensible en la que los objetos —más que meras pertenencias— se convierten en catalizadores de recuerdos, espejos emocionales, zonas de refugio o heridas que nunca terminan de cicatrizar. A partir de esa premisa, la dramaturgia ensambla una ceremonia singular: un funeral al que nadie llega por azar, donde lo que se despide no siempre es un objeto, sino aquello que estos objetos simbolizan.

El encuentro entre estos desconocidos funciona como un dispositivo teatral preciso, que permite que cada historia emerja desde un territorio profundamente humano. La pieza invita a pensar qué lugar ocupan los objetos en las narrativas vitales, cómo se transforman en reliquias afectivas o en anclas que impiden avanzar, y qué sucede cuando es necesario despedirse de aquello que ya no puede seguir habitando nuestra vida.

El elenco realiza un trabajo coral admirable, sostenido por una calidad actoral que evidencia oficio, entrega y una complicidad construida a lo largo de tantas temporadas. Martina Alonso, como Zulema, construye un personaje de una gestualidad minuciosa, precisa y expresivamente poderosa, capaz de cargar sentido en cada microgesto. Su corporalidad es un motor narrativo silencioso y conmovedor. Fernanda Provenzano, en la piel de Sarita, despliega una interpretación sutilísima, sostenida por una voz cálida y melodiosa que enmarca con delicadeza la fragilidad emocional del personaje. Eugenia Fernández, como Marta, aporta frescura, verdad y una energía disruptiva que dinamiza la escena; su organicidad es una de las fortalezas de su trabajo. Nicolás Manaseri compone un Juan de la Urna magnético, vibrante, dueño de un ritmo interno y una musicalidad que potencian el misterio que envuelve a su personaje. Renzo Morelli, como Florencio, encarna con notable solidez la esencia de un hombre frustrado por sus historias inconclusas; su interpretación es contenida, medida, profundamente humana. Matías Zajic, como Rafael Recurrente, aporta humor, frescura y una naturalidad escénica celebrable. Y finalmente, Christian Edelstein, en el rol del coach, se adueña del espacio con un dominio corporal impecable, una voz que guía y tensiona la acción dramática y una presencia que sostiene con firmeza el ritual que estructura la obra.

Cada intérprete trabaja con una entrega física y vocal sobresaliente: se nota el entrenamiento, la precisión técnica, la escucha fina entre ellos y un ensamble que sólo se alcanza con funciones sostenidas a lo largo del tiempo. Esa madurez escénica potencia la emocionalidad de la obra y convierte a cada número musical en un pequeño acontecimiento.

La escenografía diseñada por Phepandú dialoga con la propuesta desde una estética funcional y simbólica. La escena se compone de objetos dispuestos con un criterio casi minucioso: maniquíes, sillones, sillas, banquetas, pequeñas reliquias y, por supuesto, aquello que cada personaje trae para despedir. Nada sobra y nada está puesto al azar: cada elemento habilita una acción, una evocación o una transición emocional. Este universo material, lejos de saturar, construye un mapa sensible y heterogéneo que sostiene la dramaturgia. La iluminación contribuye con matices que orientan el foco dramático, generan climas, permiten el lucimiento de los números musicales y articulan con inteligencia los apagones justos que acompañan los aplausos del público.

La música en vivo —con dirección y arreglos de Facundo Cicciu— es un acierto central de la puesta. El piano, las armonías y el diálogo musical con las voces del elenco generan una pulsación emocional que sostiene la teatralidad de la pieza y le otorgan una identidad propia dentro del teatro musical independiente. Las coreografías diseñadas por Provenzano articulan con naturalidad la expresividad corporal del elenco, combinando humor, teatralidad y una dinámica que potencia el relato.

La dirección general y la puesta en escena de Nicolás Manaseri logran articular todos estos lenguajes en un espectáculo sólido, sensible, honesto y muy bien ejecutado. La obra interroga, impulsa a la reflexión y trabaja sobre un territorio emocional que, aunque no siempre sorprende por su estructura, encuentra momentos de belleza profunda y de resonancia universal.

El funeral de los objetos se presenta como una ceremonia íntima que habla del valor de lo que dejamos ir, de aquello que atesoramos y de las historias que se adhieren a la materia. Un espectáculo que invita a pensar en los vínculos que construimos con las cosas, pero sobre todo, en las despedidas necesarias para seguir viviendo.

 

 

Ficha

Elenco: Martina Alonso – Christian Edelstein – Eugenia Fernandez – Nicolás Manasseri – Renzo Morelli – Fernanda Provenzano – Matías Zajic

Libro – Idea Original: Nicolás Manasseri – Fernanda Provenzano

Música Original: Nicolás Manasseri – Fernanda Provenzano

Pianista: Facundo Cicciu

Diseño de Escenografía: PHEPANDÚ

Diseño de Vestuario: La Costurera Teatro

Diseño Gráfico: Mariano Morelli

Diseño de Luces: Nicolás Manasseri – Fernanda Provenzano

Dirección Musical y Arreglos Musicales: Facundo Cicciu

Coreografías: Fernanda Provenzano

Dirección de actores – Puesta en escena – Dirección General: Nicolás Manasseri

Asistente General: Valentina Cavicchia

Producción general: PHEPANDÚ

Género: Teatro musical. Comedia dramática

Categorías: Reseñas

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