Piaf, porque el amor lo quiso

Piaf, porque el amor lo quiso

Ficha

  • Reparto:

    Funciones: ​Todos los Sábados de Julio y Agosto a las 23 hs.
    Teatro Paraje Artesón
    Palestina 919

  • Salas:

    Prensa y difusión: Kasspress

 

El goce y libertad como acto político

Nuestra historia trágica entre 1976 y 1983 tiene, con el paso de los años y el ejercicio de la memoria, cada vez más dimes y diretes, sobre todo de voces que claman un recuerdo borrado. La homosexualidad, hoy habiendo saldado reclamos históricos y en pos de más, era, en ese entones, un tabú que obligó a más de uno/a a aprender a sobrevivir en la prohibición. Lugares secretos, complicidades silenciosas significaron tanto la supervivencia de algunos como el triste e injusto final de otros. Piaf, porque el amor lo quiso describe una de esas tantas tragedias personales, visibilizando a aquellas otras silenciadas.

Con textos de Alberto Romero y dirección de Daniel Godoy, la obra nos encuentra en una isla del norte de Buenos Aires, allá por 1977. El espectador se cuela en ese espacio ilícito como si fuere un visitante más, buscando ese goce que es negado. Nos reciben tres talentosas transformistas, que en su vida cotidiana deben pasar por Oscar (Richar Mannis), Juan (el propio Romero) y Julián (Juan Rutkus). En los márgenes de la ciudad, ellos habían encontrado un rincón donde expresarse, con cierta espuria complicidad de Antonio Castro (Juan Pablo Cicilio), perverso policía y amante de Oscar. Completan este talentoso cuadro, dos personajes centrales introducidos ya entrada la trama: Nadiezka (Adriana Enriquez), esposa humilde y la bonhomía faltante de su marido prefecto policial que la engaña, y Salvador (Mariano Zega), un personaje que jugará un giro inesperado.

Luego de esta presentación que nos encuentra integrados a los sucesos, la interrupción forzosa de la fiesta clandestina nos encuentra nuevamente como espectadores en una grada, y el carnaval se transforma en el hogar de Juan, hombre con sensibilidad social, tintes de militancia política solapada (por su seguridad), recibiendo a Nadiezka en su morada para ayudarla en su alfabetización. El largo espacio escénico describe un hogar reprimido, aquel que debe ocultar sus libros, su música, su personalidad, al fin y al cabo, para que esta pueda prosperar. Los diálogos, cómplices a ello, unen y contraponen a Juan con Nadiezka, o contra su amigo Oscar, en dilemas tales como subversión y “orden” militar”, militancia y sumisión, en definitiva, represión o libertad.

La tensión es parte central de la narrativa. El final trágico amenaza constantemente lo que no es un mero relato sino más bien una historia de vida. Los silencios son completados por un espectador de 40 años después, consciente o no de aquellos sucesos trágicos, conspirando con el silencio que el teatro exige, pero conmocionado por el oscurantismo reinante. Y, sin embargo, a la vez celebra esos pequeños espacios de libertad, esos respiros que la clandestinidad no lograba coartar del todo en los protagonistas, aquel compromiso con quiénes son, fueron y serán.

Piaf es un velo menos sobre nuestro pasado, un recuerdo y celebración de lo que hoy sí podemos ser. El crudo y extenso relato maneja con ingenio el lenguaje teatral para ir más allá, para contar de manera vívida una historia difícil y conmovedora. Proyectar memoria sobre ello, experimentarla y compartirla es lo más cercano que tenemos a hacer justicia.

Ficha:

Con: Juan Pablo CicilioAdriana Enriquez Nadiezka Richard Manis Juan Alberto Romero Mariano Zega

Dirección y Puesta en escena: Daniel Godoy

Categories: Reseñas

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