Saraos Uranistas
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La sirena del río de la plata sí existe
La palabra “existir” es un verbo curioso. En este título cualquier lector lo comprendería desde lo científico o empírico. Una verdad observable. Las cosas, en este caso “La sirena del río de la plata”, existen o no existen. Pero existir es (y debe ser) mucho más que estar y ser posible objeto de una mirada. Algunos seres humanos existen por inercia y costumbre, pero no todos. La existencia puede ser un proyecto. Algo que va materializándose a medida que se lo fantasea.
Entre estas dos perspectivas (la poética y la analítica) se para Saraos Uranistas, la reconstrucción que desde hace 3 años aparece por teatros de la Ciudad de Buenos Aires multiplicando las caras de lo visible.
Antes de que los catalanes aterrizaran en el Teatro San Martín con su versión antropológica de Ricardo III, Juanse Rausch ya había conquistado la cartelera porteña con un gesto similar. A partir de archivos de psiquiatría y notas periodísticas de principios del siglo XX, una serie de bufonescos catedráticos presentarán con sorna el mundo de los “Saraos Uranistas”. Una forma pintoresca de decir “fiestas de trolos y travas”.
Francisco De Veyga, un médico de la policía federal se propone hacer una investigación de campo para escribir la “Guía definitiva para reconocer homosexuales acá y en la China”. Sin embargo, él es el fuera de campo. Se le habla al público como a un investigador curioso, mojigato y c(l)ínico.
Frente, aparecerán luego, de a una, las figuras de la noche que habitan estos submundos. Cada una tendrá su presentación (canción incluída) y su pequeña novela romántica. En ellas se partirá de lo “montado” hacia “lo desnudo”. Esto último de forma figurativa. Pero tendrá mucha más importancia poética y simbólica que simplemente un juego teatral.
La dramaturgia es brillante en este sentido. Forma y contenido son una. La obra es tan cuadrada y estructurada como un vodevil y también como la mirada de Francisco De Veyga. Son las intérpretes quienes rompen mediante sus interpretaciones, construyendo más allá del dispositivo. Volviendo a la performance poética otra cosa más que “contar el cuento”.
La primera en presentarse, La princesa de Bourbon (Emiliano Figueredo), introduce ese mundo en primera persona. Es hospitalaria a la mirada que juzga y desnuda las caras de la noche como si supiera que todo lo que a las 10 p.m. es indignación a las 2 a.m. es diversión.
Luego se presenta Dolores (Lucía Adúriz). Sobre esta actriz y sus papeles en esta obra solo se puede decir que es una tentación total para cualquier director. En su cuerpo se ponen a prueba los límites de la voz y la expresión vital. Ni el compadrito, ni el flamenco, ni la comedia, ni la autoconsciencia le son ajenos.
También está Aída (Tomás Wicz), que hace a una jóven enamoradiza que se pregunta como hacer para no amar a quién la desprecia. Tomás es el talento de una generación. Dominio total del microgesto, el musical y el gag. En este papel en particular, logra una sensibilidad que pone a prueba al más ortiva de los espectadores.
La gran revelación del elenco es Manuél Di Francesco y su Manón. Si alguno se pregunta dónde estuvo este gran intérprete y estupendo tenor, es porque pasó un tiempo fuera del país paseando su talento. Por suerte, últimamente está siendo profeta en su tierra. Manón es una vidente que pone en crisis la idea de futuro. En sus visiones aparece primero un mundo apocalíptico que curiosamente es muy parecido al que se puede respirar en Buenos Aires en el año 2026. Pero, de pronto, aparecen nuevos futuros.
En esto está el manifiesto estético-político que es Saraos Uranistas. En idioma del mayo francés se lo puede resumir en “la imaginación al poder”. Derrida dice que hay que romper con los ciclos de esperanza y terror. La única forma de lograrlo es, a partir de hacer de la fantasía y el arte una herramienta indispensable de transformación social.
Volviendo al grupo de artistas en escena, la música en vivo del Maestro Paki (Gabriel Illanes) suena todo el largo de la obra. La composición es sutil, emotiva, presente y compañera, no desentona, ni desborda. Es un varón a espaldas que acompaña, está presente, hace de su arte algo único, sin robarle un sólo segundo de importancia a sus compañeras de elenco. Por si algún espectador masculino está aún perdido sobre cómo comportarse en este siglo.
Quizás haya algunos ojos que leen estas letras y ya hayan tenido el privilegio de haber visto esta joya teatral años atrás. A esos ojos recomendarles volver a ver la obra. El motivo es que La Bella Otero hoy es interpretada por Payuca. Una nueva versión totalmente renovada de este personaje nuclear en la secuencia de divas. Ella es la que se cuela en el archivo agarrando la birome. La que deja de insinuar hacer de la existencia una pancarta.
En un momentito alguien dice: “Somos lo que somos pero también aquello que podemos ser. Todo está en el cuerpo”.
Quién esté, en este momento, investigando el arte teatral y no se haya preguntado por la performatividad de los cuerpos; no está investigando el arte teatral. Saraos Uranistas no es una obra nicho, es la mismísima cresta de la ola. Hoy más que nunca el teatro se pregunta si sólo se actúa cuando se sube al escenario, si todas las verdades son verdaderas y todas las simulaciones falsas; si lo que se simula, ya sea bueno, malo, masculino, femenino, fluído, secreto o a los gritos, existe. Y si existe, si tiene nombre. Y si ese nombre es adjudicado (como el título de la obra) o lo elige quién lo porta, decidiendo así hacer de su existencia algo más que simplemente estar.
Eso es la performatividad, la promesa de una fantasía real. Eso es Saraos Uranistas.
Ficha:
Dramaturgia y dirección: Juanse Rausch
Composición musical: Gabriel Illanes
Letras de canciones: Gabriel Illanes y Juanse Rausch
Asistencia de dirección: Lola López Menalled
Actúan: Lucía Adúriz Bravo, Manuel di Francesco, Emiliano Figueredo, Payuca, Tomás Wicz.
Piano: Gabriel Illanes
Diseño de arte: Uriel Cistaro
Diseño de iluminación: Facundo David
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