Lágrimas de animales marinos

Lágrimas de animales marinos

Ficha

  • Datos de funciones:

    Info de las funciones en nuestra cartelera

  • Prensa:

    TNC

 

¿Cuánta tierra roba el mar?

En una entrevista Rafael Spregelburd narra una diferencia radical que encontró en Europa en relación al teatro oficial. Contaba que el espectador alemán va al teatro a la espera de ver sus impuestos bien invertidos en obras lujosas. En Argentina, esto es totalmente al revés. Sin bajar nunca la exigencia (quizás levantando la vara aún más), el gasto innecesario o excesivo es castigado por el público argentino, demasiado acostumbrado al teatro pobre e independiente. Esto, según Spregelburd (y según el reconocimiento que nos otorga constantemente el mundo), es una cualidad distintiva y meritoria.

La Sala María Guerrero del Teatro Nacional Cervantes siempre carga con esta voz fantasmal susurrándole en la oreja. Una voz que recuerda el riesgo del gasto. Si cabe la definición: de ese ingrediente está hecho el teatro de Toto Castiñeiras. De riesgo.

Todo en Lágrimas de animales marinos es a contracultura de la contracultura teatral porteña. Desde la descripción del argumento que no prepara en lo más mínimo al espectador a lo que verá. Desde el despliegue espectacular de 23 cuerpos en escena. Música en vivo, actores, intérpretes físicos. El despliegue escenográfico. Todos esos despliegues que cargan a la experiencia de un riesgo vital. Todo en la obra de Castiñeiras puede romperse o desarmarse en cualquier momento. Y es que de eso se trata.

Un hombre pequeño debe volver a la casa de su abuelo en la costa. Un amigo y su novia lo acompañan. Allí se cruzan primero con la ausencia; con el olor a viejo. Luego, con una vecina que fue amiga. Luego, desde el balcón, con un pueblo somnoliento, onírico. Persianas cerradas. Un jóven de pelo blanco que pasa en bicicleta.

Teatro narrado y cantado en presente. Los cuerpos pintan lo que narra la voz pero de forma torcida. El adentro, el afuera, lo real y lo imaginado se mezclan. Algunas pistas, artificios narrativos, nos ubican. Por ejemplo cuando dicen: “esto es el presente”, o cuando aclaran “pienso” antes de decir un texto íntimo, inapropiado e incómodo.

También están, los alter-egos. Cada actor, personaje, tiene un alter-ego. Cuerpos que dan cuerpo a la máscara. El personaje en el sueño (en la ficción), es cara y voz. El alter-ego abre la corporalidad hacia el humor físico, la acrobacia, la danza. Despliegan.

Como nos tiene acostumbrado el trabajo de Castiñeiras mezcla lo bajo con lo elevado. Lo coloquial con lo natural, lo filosófico y lo trascendente del balcón, la persiana, la bicicleta, el sánguche de miga, la zapatilla y la muerte. El aire acondicionado que llora un hilo de agua sobre el balcón que luego se pisa con la media de lana y se grita: “verga” o “mierda” según la cualidad del personaje.

El trío de amigos se sostiene en un tono suave y adormecido, el de un sueño dulce. Dan brazadas emocionales tratando de reconstruir un pasado huidizo. La vecina abre a la comedia y trae el lenguaje y el color del balneario. Trae también fotografías del pasado. El jóven de la bicicleta tiene otro ritmo y otra dureza que luego se volverá muy real y contundente. Párrafo aparte para Guillermo Angelelli. Que parte de ser una voz que acompaña las melodías hipnotizantes de Julieta Laso y, de la nada, se vuelve el centro. Emerge en el caos con una presencia escénica inconfundible. Es una aparición. Una aparición en múltiples sentidos. Pero sobre todo en el que le asegura un escalofrío a cada espalda apoyada en la butaca.

Si el tema es el riesgo, lo que sucede en varias capas es el piso que se mueve. El surrealismo (por nombrar una forma de corrimiento de lo natural y cotidiano) en el teatro tiene por aliado a la máquina humana. La repetición, la horizontalidad (es decir, romper con la omnipresente verticalidad del cuerpo), la tonicidad. O directamente, la acrobacia. El balcón que, mojado, puede desmoronarse. El escenario, tangible, concreto, visible, que se mueve. Se mueve una estructura que hace a la casa de abuelo pero también se mueve el piso que la sostiene. La playa hecha con una arena de tela gruesa (que se pone y se saca a gusto). El mar que avanza sobre la playa y roba tierra. Todos movimientos de vaivén que le dan cuerpo a esa pulseada entre pasado y presente donde es inminente caerse. La obra aunque se hunda en todo lo que hace, se resiste. Quizás el objetivo final de todo esa increíble peripecia es precisamente no dejarse caer en la hondura del desahucio.

Hay muchos motivos para ir a ver Lágrimas de animales marinos y ninguno de ellos es cuánto salió construirla o levantarla. Sino porque en ese gasto riesgoso de vitalidad, de cuerpo, de escenografía, de luces y de teatro nunca deja de estar presente, también, lo argentino.

Ficha:

Actúan: Chacha Alvarado, Guillermo Angelelli, Gregorio Barrios, Gonzalo Carmona, Payuca, Ignacio Torres

Intérpretes: Boris Bakst, Oliver Carl, Rocío García Loza, Lucía Gómez, Julieta Laso, Lucio Mantel, Marcelo David Martínez, Maximiliano Más, Damián Pleitto Castillo, Ezequiel Posse, Julieta Raponi, Consuelo Rodríguez Fierro, Jorge Thefs

Música En Escena: Lucía Gómez, Julieta Laso, Lucio Mantel, Maximiliano Más

Dirección y dramaturgia: Toto Castiñeiras

Categorías: Reseñas

Escribe un comentario

Only registered users can comment.