La verdadera historia de Ricardo III

La verdadera historia de Ricardo III

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Gráfico de torta

En el prólogo de Anatomía del Actor, Nicolás Savarese dice: “la anatomía es disección, es lo contrario, lo opuesto, a la espontaneidad (…) las partes cuidadosamente separadas podría no volver a unirse jamás”. Este libro que reúne muchos descubrimientos llevados adelante por la Escuela Internacional de Antropología Teatral y el Teatro Odin, es para muchos, una piedra angular de la investigación teatral.

No es muy arriesgado asumir que Calixto Bieito y Adrià Reixach se propusieron este mismo enfoque a la Verdadera historia de Ricardo III. La obra del tullido que comete cuanto acto deleznable se pueda imaginar hasta volverse rey es puesta bajo la lupa de un laboratorio. El marco que se le agrega está en el presente. En el año 2012, debajo de un estacionamiento, se descubrieron unos restos que son atribuidos al mismísimo Ricardo, el último rey británico caído en batalla.

Entonces, de forma literal, la tragedia está enmarcada en un cuento antropológico. Científicos analizan ese fósil y lo ponen, lado a lado, con su historia. Avanza a la par, la investigación que desarma y el texto de William Shakespeare que encandila.

Lo más importante que desarman estos teatristas europeos con su Ricardo: la imagen generadora shakesperiana, el tirano deforme.

En el primer capítulo del Juguete Rabioso de Roberto Arlt a Erdosain le dicen: “guárdate de  los señalados por dios”, refiriéndose a un rengo que finalmente lo traicionaría. Esta forma ético/estética tiene un nombre griego: “Kalos Kagathos”. Lo bello es bueno y verdadero. El primer rasgo de potencia de Ricardo siempre fue su fealdad, su fealdad seductora. En la puesta de Bieito no es ninguna de las dos cosas.

Pero esto parte también del nuevo texto: los antropólogos descubren los restos de un hombre con una simple escoliosis, como la que puede tener cualquier hijo de vecino. Ninguna deformidad llamativa. Incluso, encuentran alguna proporción que mencionan como femenina.

Joaquín Furriel arma un Ricardo patético, grotesco, bestial, bufonesco, intimidante pero no es ni deforme, ni seductor. Se ríe de esas superficialidades. Lo que ostenta su Ricardo es el más brutal ejercicio del poder. De forma, a veces solapada, pero la más de las veces, ante la vista testimonial de todos. Sobre todo de los espectadores a los que vuelve sus cómplices y aplaudidores.

La estrategia con la que este Ricardo crece no es la seducción pero tampoco la simple intimidación; sino el provecho máximo de la abyección reinante. Ricardo pone en práctica a su favor lo que decía Primo Levi sobre que “primero vinieron por los comunistas y como no era comunista no hice nada. Después vinieron por los sindicalistas…” etcétera, etcétera, etcétera. Ricardo avanza sobre los demás que primero lo ayudan, lo dejan pasar sobre ellos y luego caen por su propia mano. El público, en vez de escandalizarse, se satisface como si nadie fuera a ir por ellos nunca.

Lo otro que se desarma totalmente es la escenografía. Literalmente. Primero es una mesa redonda que se vuelve retazos de mesas. Pero luego acumula partes que son también otras cosas, de otros universos que se mezclan (el estacionamiento, la excavación, los salones del castillo, quizás la misma mente del personaje), se subvierten los tiempos en el espacio.

Otra extrañeza de este Ricardo está en el comportamiento de las mujeres. Que pueden acaso ser un faro moral ninguneado y también víctimas sin agencia de la maldad masculina, pero hay algo novedoso y sumamente extraño. Sus duelos (por las muertes de sus esposos) está totalmente solapado con el consuelo sexual. Dónde hay dolor, hay excitación por el muerto. Escénicamente y de forma totalmente lacaniana, lo que acontece es que el sexo corre la misma carrera imposible que Ricardo. El espectador se hunde en una larga caída incómoda. Un juego similar al que le hace Ricardo a su hermano con la torta. Algo que está a centímetros de la cara pero que en vez de ser paladeado, ahoga.

Para no extenderse de más, la ventaja de la disección es que los sentidos poéticos brotan sin necesidad de grandes claves interpretativas. Cada fragmento separado es un objeto en sí mismo y la lupa permite encontrar nuevos resquicios de alegoría.

Para mencionar algunos pocos más:   

Lady Ana es presentada arrastrando la bolsa mortuoria de Eduardo, su marido; dando lugar a la archirecontra conocida escena donde ella cambia de parecer. Muchas escenas más tarde, esa misma bolsa que yació en ese mismo lugar, es abierta. De adentro, sacan Ricardo y Ana, decenas de pies de micrófonos con los que, el ahora coronado déspota, da un discurso de asunción.

Walter Benjamin en su tesis sobre el concepto de la historia dice que “si el enemigo gana, ni nuestros muertos estarán a salvo”. No sólo es el pobre de Eduardo el que no está a salvo. Se sabe hoy que Ricardo III fue un encargo para el placer de los Tudor, la dinastía que lo derrocó poco tiempo antes. El relato enmarcado antropológico también permite esa lectura a contrapelo.

Y cómo última clave: la escena más brillante de la puesta es la última. En la tragedia original es ya emblemática y tiene sentidos muy afianzados, pero Bieito se las apaña para no dejar parte sin diseccionar.

Si en la puesta canónica “mi reino por un caballo” es un pedido desesperado de refugio o huida, moralizando a ese Ricardo con el agobio del destino trágico (como en el cantito popular: “a dónde vayan los iremos a buscar”); en esta puesta, no.

Este final es en la infancia. Los fantasmas de sus víctimas se ríen de un hombre/niño desnudo y desamparado; se burlan y se van, dejándolo sólo, abrazado a una columna fría.

Un hombre comete toda clase de fechorías, una tras otra en busca de algo. Tras recorrer distancias impensadas, reunir todo el poder que había, encuentra que lo que necesitó todo ese tiempo era una compañía sincera y cálida, como la de un juguete favorito, la de un amigo, una mascota o una madre. ¿Habrá querido Calixto Bieito que su Ricardo III sea Citizen Kane pero al revés?

Ficha:

Elenco: Joaquín Furriel, Luis Ziembrowski, Ingrid Pelicori, Belén Blanco, María Figueras, Marcos Montes, Luciano Suardi, Iván Moschner, Luis «Luisón» Herrera, Silvina Sabater

Traducción: Lautaro Vilo

Dramaturgia: Adrià Reixach

Diseño de video: Adrià Reixach

Música original y diseño sonoro: Janiv Oron

Diseño de iluminación: Calixto Bieito, Omar San Cristóbal

Diseño de vestuario: Paula Klein

Diseño de escenografía: Barbora Horáková Joly

Dirección: Calixto Bieito

Género: Drama

Categorías: Reseñas

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