La diabla o cómo destruir al mundo
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T.N.C
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La presencia de los rastros
En la inmensa constelación de teatristas porteños, es casi una obviedad decir sobre ellos que son todos polirubro. Por necesidad o gusto. Sin embargo, hay algunos rubros que se destacan un poco más de los otros. Por ejemplo, el caso de los rubros que domina Emiliano Dionisi. No hay que dejar de señalar lo teatral que es ese apellido.
Se puede decir de él que quizás haya entrado al salón de los prestigiosos por la puerta de atrás. Con un pasado en la actuación de voz, el teatro infantil y el musical, Emiliano, se destaca por una simple decisión: no dejar ese derrotero personal del otro lado de la puerta de ese salón.
El “canto de las sirenas” de Dionisi fue El brote, el unipersonal que rompió la cartelera a base de sencillez y virtuosismo. Ahora, con la atención de todos en el bolsillo desplegó su visión en varios proyectos en el Centro de Experimentación del Teatro Colón y en el Teatro Nacional Cervantes. El último: La diabla o cómo destruir el mundo.
Esta obra cuenta, por intérpretes, con una actriz de musical (Monina Bonelli) y una pianista (Gretel Cortés). Sucede en el recientemente reinaugurado Salón Dorado. Trata sobre Mónica Cristina María Ruiz, quién se presenta como homeópata, psicóloga, especialista en terapias alternativas, clarividente, quiromántica, demonóloga y médium. Resumiendo todo este currículum, con la última clasificación, por conveniencia conceptual. Entonces, Mónica es médium y cantante. Dice poseer una sensibilidad particular que circula, sobre todo, a través de la música.
Recibe al auditorio en una especie de programa de televisión de recetas pero en vez de comida, se cocina la comunicación con los muertos. El tono es bien didáctico, parsimonioso y de una afectación suave y calmada. De esto se puede rastrear el pasado de teatro infantil del director.
Sobre la elección del tema en la obra hay algo para decir: siempre se festeja cuando el teatro es metáfora de sí mismo. No son pocos los autores que entienden al actor como un médium entre mundos. Entre texto y escena; entre imaginaciones; entre realidad y verdad, representación y presentación. Esta sensación teatral (la de revivir algo muerto, la de hacer presente algo ausente) llevada al paroxismo es lo que permitió el teatro de Thadeus Kantor. Otro caso de esta fascinación teatral ponderable pero más cercano, es otro unipersonal: Viento blanco.
Lo primero que irrumpe en ese monólogo es la música, claro. Las canciones, en el mismo mecanismo que las de una película de Disney, profundizan sobre la interioridad del personaje. Es condensación de sentido y emoción, con estrofas de teatro musical y estribillos de pop. Hay una búsqueda no sólo por transmitir la sensibilidad sino, en lo posible, lograr que se quede pegada. De esto se puede rastrear, obviamente, el pasado de director de musicales de Emiliano.
Luego, también irrumpe un monólogo nuclear que hace avanzar el corazón de La Diabla. El tono cambia abruptamente a un drama ominoso e íntimo. Es en tercera persona pero se siente en primera por la sordidez y la tensión. Cabe hacer un gran paréntesis para mencionar a Matías Sendón y sus atmósferas lumínicas. Cada cambio produce un suspiro de intriga, gracias al efecto de unos pocos tachos poéticamente ubicados. Matías es una garantía en las decenas de obras en las que figura, hoy mismo, acreditado.
No sólo la obra es interrumpida por esas otras formas de escena, también al personaje la irrumpen otras voces. Monina Bonelli es, sobre todas las cosas, una exquisita intérprete vocal que logra comunicar con claridad y potencia todos los desafíos que le presentó Emiliano. De esto se puede rastrear el pasado del director como actor de voz. Se nota, en la dirección, un preciosismo alrededor de los timbres y cadencias. Por momentos, La Diabla, funcionaría igual, o mejor, vista con los ojos cerrados.
En estos números de irrupciones y voces, es donde aparece quizás el punto menos logrado del texto. La obra lentamente cocina un sentido político que se termina de desplegar en un final climático, donde convergen todos los planos. Cualquier adepto al terror sabe que sus buenos exponentes se enmascaran de efecto para esconder un pensamiento crítico y agudo. Para algún público, en este caso puntual, lo panfletario quedará por encima de la máscara.
Como último para decir, dejando lo mejor para el final, un número destaca por sobre los demás. Una posesión, un pañuelo y un abanico. La historia del Teatro Nacional Cervantes enmarcada en este mundo. Recolocando ladrillo por ladrillo al teatro que es metáfora de sí mismo. Como si las paredes cantaran. De esto se puede rastrear el pasado, no del director, sino de esa importantísima institución que hay que cuidar sentándose en sus butacas.
Ficha:
Actúan: Monina Bonelli
Diseño de vestuario: Marisol Castañeda
Diseño de escenografía: Giuliano Benedetti
Músico En Escena: Gretel Cortés
Música original: Martín Rodriguez
Letras de canciones: Emiliano Dionisi, Martín Rodriguez
Diseño De Iluminación: Matías Sendón
Asistencia de dirección: Vanesa Campanini
Preparador Físico: Valeria Narvaez
Preparador Vocal: Lucila Gandolfo
Productor Del Tnc: Lucía Quintana
Dirección: Emiliano Dionisi
Agradecimientos: Tobias Brukman, Mariel El Jaber, Ariel Perez De Maria, Gabriel Sainz, Juan Pablo Schapira
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