El vestido de mamá

El vestido de mamá

¿Para quién es el vestido?

 

Gustavo Tarrío fue y vino. Para el distraído que aún no lo conoce: es, por ejemplo, el director del mítico Grupo Sanguíneo que nucleaba a Lorena Vega, Valeria Lois, Martin Piroyansky y Juan Pablo Garaventa. También, desde el 2015 y por seis años, escandalizó a espectadores y espectadoras con Todo piola, basada en la poética de fotolog de Mariano Blatt. Hace un tiempo, también, se volcó por lo musical con grandes exponentes como Esta Canción, Ha muerto un puto o Menos detalles.

 

Por estos y otros motivos, Arthaus lo invitó a poner en escena Proyectos no alcanzados. Una retrospectiva de su obra que pone arriba del escenario lo que no se pudo o de la forma en la que no se pudo. A esa retrospectiva la llamaron Tarrío rebobinado.

 

Diez años en el pasado, Maruja Bustamante convocó a Gustavo para que ponga en escena El vestido de mamá, un cuento infantil de los uruguayos Daniel Umpi (escribe) y Rodrigo Moraes (dibuja). Hasta ese momento, Tarrío nunca había trabajado con un material de temática infantil. Parece que le gustó porque no será, para nada, el último.

 

El vestido de mamá cuenta como un niño juega en la intimidad con los zapatos y el vestido “de salir” de su madre; luego sale a la plaza y recibe el escrutinio de los demás. El niño reflexiona: “todos se transforman cuando me ven con él.”

 

La puesta en escena de este cuento transforma ilustración en música. En su versión original, el elenco estaba formado por Emiliano Pandela, Paula Beovide, y Andres Granier. Con la característica distintiva de que Emiliano Pandela (mundialmente conocido por el programa de televisión Art Attack) hacía el personaje principal, el niño.

 

En su rebobinado, El vestido de mamá alcanza su forma definitiva. Probablemente la que mejor impacto pueda tener: el elenco se repite todo salvo por un detalle. Al niño lo actúa León Hassan, nada más y nada menos que, un niño. Este detalle no menor es lo que hace de esta versión de la obra un “proyecto no alcanzado” digno de ser rebobinado. Todo lo que se cuenta se vuelve de una cercanía y de un asombro vital.

 

Lo más importante que hace la obra es naturalizar. Hacer más simple y más fácil. Cosas que quizás lo sean para muchos, pero para otros no. Y eso estaría bueno cambiarlo. Desde el dispositivo teatral, los elementos están dispuestos en el espacio de forma que se vean, se entiendan y se disfruten sin vueltas. El músico toca el piano. Los actores, narran, actúan, cantan y bailan. La luz ilumina. “El teatro es teatro”, dicen con los puños apretados de fervor.

 

El vestido de mamá no tiene grandes moralejas, ni héroes. El chico juega, tiene algún que otro traspié, pero nada grave. Los padres no son seres iluminados, ni sacrificados, ni todopoderosos. El vestido, quizás, sí, tiene algo mágico y de otro órden. Pero, en todo caso, esa cualidad se la da el juego al que invitan a jugar a todo el público.

 

Aprovechando la ocasión, los personajes mencionan algunos tabús: la dictadura, el sexo, la marihuana para que no parezcan “temas de grandes” ni algo de lo que no se puede hablar.

 

Los padres entran y salen varias veces con unos impactantes cambios de vestuario. Esto, por supuesto, responde a un tropo del teatro infantil (o de un concierto pop) que busca estímulo tras estímulo para mantener la atención activa; pero también puede ayudar a acompañar otros sentidos. El de lo queer, por ejemplo. No porque la obra tenga algo que gritar sobre la identidad de género, pero sí sobre la libertad del juego, del disfraz, de la experimentación, sin la clasificación o el mandato social que quizás tengan los chicos de la plaza que veían raro a uno jugando a la pelota en vestido.

 

Una última acotación: existe una controversia sobre si ciertas obras deben o no ser consideradas como infantil como si eso implicara que los adultos no pueden disfrutarlas. Con respecto a esta, cabe hacer una plantada de bandera importante: la obra de Tarrío es una obra sobre, por y para las infancias. Decir que el Vestido de mamá no es una obra infantil porque puede ir cualquier público a verla presupone una serie de problemas graves que estaría bueno sacarse de encima cuanto antes.

 

Decir que algo es infantil no debería, bajo ningún aspecto, “bajarle el precio” a ninguna obra. Lo que pasa es que el consumo cultural está hoy gravemente hiper personalizado a través de algoritmos y burbujas que vuelven a las audiencias incapaces de correrse de su identidad, de su visión de mundo, de sus preferencias. Pareciera ser que sólo productos de cierto nivel pueden atravesar las paredes de los nichos.

 

Es indispensable romper esas burbujas, encontrarse con algo un poco más impredecible, algo nuevo, que le hable a otro y aún así que pueda gustar o conmover desde un lado menos fácil que la identificación total.

 

El teatro es transformación, para transformarse hay que correrse de esos lugares de comodidad excesiva. Quizás El vestido de mamá le hable a un público en específico y, de sentirse lejos, muchas personas puedan creer que no tiene nada para aportarles y, aún así, aparece cerca del final una canción, riesgosa, potente, melódicamente bella y emotiva que dice:

 

“Soy el hijo de lo desconocido

una hija monoparental

hijo por carácter transitivo,

hija amantada en un penal.

 

Soy el hijo de una buena madre

hija de Miss Tacuarembó

hijos flacos como el hambre.

Hijas de puta,

hijos de puto,

hijos del montón…”

 

Ficha:

Dirección y dramaturgia: Gustavo Tarrío

Cuento original: Rodrigo Moraes, Dani Umpi

Actúan: León Hassan, Paula Beovide, Andres Granier, Pablo Viotti

Vestuario y utilería: Paola Delgado

Realización de vestuario: Titi Suarez y Kika Robles

Iluminación: Fernando Berreta

Canciones: Guadalupe Otheguy, Gustavo Tarrío, Pablo Viotti

Asistencia de dirección: Florencia Siaba

Arreglos musicales: Pablo Viotti

Arreglos Vocales: Guadalupe Otheguy

Diseño de movimientos: Virginia Leanza

Coaching De Niños: Emiliano Pandelo

Dirección: Gustavo Tarrío

Categorías: Reseñas

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