El precipicio
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CTBA
Principio para sostenerse juntas
Dos mujeres en escena montan una especie de ensayo acerca de la llegada a la muerte como camino hacia un precipicio, “¿o del principio?” interpela una de ellas, proyectando una posición liviana.
Desde el saludo inicial al público, lo meta-teatral se instala provocando la apertura de ese dialogo intimo entre dos mujeres de la misma familia. Ambas se saben artistas y se presentan como tales mediante un juego qué les permite hacer referencia a una herencia emocional y de una mirada femenina en la que también hallan divergencias.
Lo primero que se percibe es la diferencia generacional, motivo que las hace habitar el transcurrir del tiempo de formas extremas, lo cual se traduce en el recorrido por el espacio de representación escénica. Así, la mujer mayor (Leonor Manso) transcurre la mayor parte sentada y es ayudada para trasladarse, en todo momento lee pero su tono vocal naturaliza tanto la lectura que parece un ensayo abierto y su humor la aleja de la preocupación por la vejez. En cambio, la joven (Paloma Contreras) que fue quien la convocó para dilucidar sobre la muerte, siente amenaza por el paso del tiempo, lo nombra, lo anota, intenta fijarlo o encontrarlo en otras autoras que cita. Su movilidad por el espacio es mucho mayor siempre manteniendo una cadencia constante. Su voz posee un tono más cantado, como aprendido de memoria sin hallar aún palabras propias para lo que vendrá.
El vestuario acompaña a la caracterización de ambas. Al inicio, cada una viste una vestido suntuoso color salmón que las homologa. Muy prontamente se los desmontan y aparece por debajo la diferencia visual en trajes de distintos y monocromáticos, azul para la mayor y celeste para la joven.
La puesta escenográfica es funcional para diferenciarlas y al mismo tiempo hacerlas confluir en un mismo punto. De manera conceptual, el precipicio al que nombran, está representado en una pasarela que divide el espacio, dejando a una de cada lado con sillones estilo futurista, ovalados, gigantes al punto de que ambas quedan con los pies colgando mientras dialogan entre sí. Luego, la mujer mayor intentará pararse sobre la pasarela pero esa altura le provoca vértigo, por lo que quedará sentada justo en el borde, mientras, la joven se ubica por momentos detrás de ella, camina por el resto del espacio, siempre estando pendiente de la otra. La jerarquía le da lugar al cuidado, peso y entrega entre ellas, generando un efecto de subí-baja.
En determinadas oportunidades se menciona la tragedia de Lisístrata de Aristófanes la cual Leonor Manso protagonizó de muy joven. El dato se lanza con un “vos estabas ahí” pero nunca lo explica, lo cual queda flotando como si estuviera en los genes o en la memoria corporal más que en la explicación.
El precipicio es el teatro mismo que las une y dónde se exponen. No es sólo el final, sino el principio dónde la joven se puede parar para empezar a crear, entonces pierde el carácter de peligroso volviéndose un lugar de transmisión, un borde dónde una sostiene a la otra para que no caiga, pero también para que se anime a saltar.
Ficha:
El precipicio, una pieza con dirección y dramaturgia de Sofía Wilhelmi (versión libre de Un día fui yo, de Lucía Miranda y Miguel Cuerdo), interpretada por Leonor Manso y Paloma Contreras.
Diseño de escenografía de Ariel Vaccaro y Paola Delgado, diseño de vestuario de Mariana Seropian, diseño de iluminación de Facundo David, y música original y diseño sonoro de Carmen Baliero.
Género: drama.
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