Al fin y al cabo es mi vida
Ficha
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Prensa:
Max Czajkowski
La última libertad
Hay obras que no solo cuentan una historia, sino que también invitan al espectador a detenerse frente a preguntas que atraviesan lo más profundo de la condición humana. “Al fin y al cabo, es mi vida” se instala justamente en ese territorio incómodo pero necesario: el lugar donde la vida, la libertad individual, la ética médica y la dignidad humana entran en tensión. En un tiempo donde el debate sobre la muerte digna ocupa cada vez más espacio en la agenda pública y social, la obra propone una mirada sensible y profundamente humana sobre uno de los dilemas médicos, éticos y filosóficos más complejos de nuestro tiempo: el derecho a decidir sobre el propio destino.
La historia se centra en Clara, una reconocida escultora interpretada por Silvia Kutika, quien tras sufrir un accidente queda parapléjica y enfrenta una situación límite que la llevará a tomar una decisión trascendental: luchar por el derecho a decidir sobre su propia vida. A partir de ese punto de partida, la obra despliega un entramado de conflictos emocionales, burocráticos y morales donde médicos, representantes judiciales, asistentes sociales y enfermeros se ven atravesados por la misma pregunta: ¿hasta dónde llega el derecho de una persona a decidir sobre su propia existencia?
Entre momentos de profunda intensidad dramática y algunos pasajes de humor negro que funcionan como válvula de escape ante tanta tensión emocional, el espectáculo invita al público a acompañar el tránsito de Clara en su lucha contra los límites del sistema y las decisiones que otros intentan tomar por ella. Lo que emerge entonces no es solamente el retrato de una paciente terminal, sino el de una mujer lúcida, determinada y profundamente consciente de su dignidad.
El trabajo de Silvia Kutika es, sin dudas, el gran corazón de la obra. La actriz construye una Clara conmovedora, intensa y profundamente humana. Su interpretación implica un desafío actoral de enorme complejidad: encarnar a una mujer cuyo cuerpo permanece completamente inmóvil, pudiendo expresar únicamente a través de su voz y el movimiento de su cabeza. Lograr sostener esa quietud corporal durante toda la función sin perder densidad emocional ni potencia interpretativa es una verdadera proeza escénica. Kutika consigue que cada palabra, cada respiración y cada silencio carguen un peso dramático significativo, construyendo un personaje descarnado, sufriente, sensible y profundamente verosímil.
A su lado, Fabio Aste interpreta al médico encargado del caso de Clara, un profesional que deberá debatirse constantemente entre los límites de la ética médica y su propia humanidad. Su trabajo se siente orgánico y profundamente conectado con el de Kutika, y esa química escénica no sorprende: ambos actores han compartido previamente proyectos de gran impacto teatral, como la obra El cuarto de Verónica. En escena, Aste logra transmitir con sutileza el conflicto interno de un hombre atrapado entre el deber profesional y la empatía hacia el sufrimiento ajeno.
Mirta Wons, en el rol de la abogada de Clara, aporta frescura, solvencia y una presencia escénica sólida. Su naturalidad interpretativa y su ductilidad actoral le permiten construir un personaje que equilibra firmeza y sensibilidad, acompañando el proceso de Clara desde un lugar de compromiso y convicción.
Por su parte, Fernando Cuellar encarna a otro de los médicos que intervienen en el caso, representando con precisión ese delicado límite entre la mirada clínica sobre el paciente y la inevitable dimensión humana que atraviesa cualquier decisión médica. Su interpretación pone en evidencia esa tensión permanente que muchas veces el propio sistema de salud parece no saber cómo resolver.
Los jóvenes Juan Manuel Vázquez (quien en la función reemplazó al actor Luis Porzio) y Morena Pereyra, en los roles de enfermeros, aportan a la obra momentos de complicidad, frescura y cierta ligereza emocional necesaria para equilibrar la densidad temática del relato. Sus intervenciones funcionan como pequeños respiros dentro de una historia atravesada por la angustia y la incertidumbre. Morena es sumamente fresca y espontánea y le brinda color a un panorama sumamente grisáceo.
Una mención especial merece Tania Marioni, quien asume el desafío de interpretar un doble rol. Por un lado, el de una monja que cuida de Clara y por otro, el de una asistente social encargada de evaluar su situación. La actriz demuestra una notable ductilidad escénica al construir dos personajes completamente diferentes, con registros físicos y vocales claramente diferenciados. Su manejo del cuerpo, su expresividad vocal y su plasticidad interpretativa hacen que por momentos resulte difícil reconocer que se trata de la misma actriz. Su trabajo confirma el talento que recientemente fue reconocido en los Premios Carlos de la ciudad de Carlos Paz por su participación en El cuarto de Verónica. Marioni se convierte aquí en una verdadera revelación teatral.
Completa el elenco Jorge Almada, quien interpreta al juez encargado de intervenir en el caso de Clara. Su trabajo es sobrio, preciso y contenido, cualidades fundamentales para un personaje que representa la voz institucional dentro de un conflicto profundamente humano.
La dirección de Mariano Dossena conduce a este nutrido elenco con sensibilidad y precisión, logrando que cada personaje encuentre su lugar dentro de una estructura dramática compleja. Su mirada apuesta a que el conflicto ético y emocional sea el verdadero motor de la escena, permitiendo que los actores desarrollen sus personajes con naturalidad y organicidad. Sin dudas, el paso de las funciones continuará afinando aún más la dinámica de este sólido equipo.
La escenografía acompaña con gran eficacia la propuesta dramática de la obra, construyendo un espacio que resulta inmediatamente reconocible y profundamente orgánico para el desarrollo de la historia. En el centro de la escena se encuentra la cama de una habitación de alta complejidad dentro de un centro de salud, rodeada por las máquinas que permiten sostener con vida a Clara y asistirla en los momentos de crisis que atraviesa. Ese dispositivo médico no solo cumple una función escénica concreta, sino que se convierte también en un recordatorio permanente de la fragilidad del cuerpo y de la dependencia del sistema sanitario. El espacio se encuentra enmarcado por tres biombos blancos que refuerzan la sensación de intimidad hospitalaria, generando en el espectador la impresión de estar observando de cerca lo que sucede dentro de esa habitación. A ambos lados del escenario, dos escritorios completan el dispositivo escenográfico y funcionan como una representación simbólica de la burocracia institucional que rodea el caso de Clara: uno corresponde a la oficina del médico responsable de su tratamiento y el otro al espacio desde donde la religiosa que la asiste supervisa el trabajo del equipo de enfermería. De esta manera, la escenografía no solo construye el ámbito físico de la acción, sino que también refleja las tensiones entre el cuidado, el control institucional y las decisiones que atraviesan la vida de la protagonista.
El diseño de vestuario y la iluminación, a cargo de Fernando Cuellar, acompañan con eficacia la propuesta estética de la obra. Ambos elementos contribuyen a construir la atmósfera necesaria para sostener la intensidad dramática del relato, generando un espacio escénico funcional donde lo importante no es el despliegue visual sino la profundidad de la historia que se cuenta.
“Al fin y al cabo, es mi vida” no es solamente una obra de teatro: es una invitación a pensar, a debatir y a confrontar nuestras propias convicciones sobre la vida, la libertad y la dignidad. En tiempos donde la medicina puede prolongar la existencia pero no siempre garantizar calidad de vida, la obra abre una puerta incómoda pero necesaria hacia una conversación que como sociedad aún estamos aprendiendo a dar.
Con actuaciones sólidas, una temática profundamente actual y una mirada sensible sobre el derecho a decidir, la propuesta se convierte en una experiencia teatral que interpela y conmueve. Para no perdérsela
Ficha
Elenco: Silvia Kutika, Fabio Aste, Mirta Wons, Fernando Cuellar, Luis Porzio, Tania Marioni, Jorge Almada, Morena Pereyra
Dirección: Mariano Dossena
Producción general: Adrián Lázare
Asistente de dirección: Juan Manuel Vazquez
Diseño gráfico: Leandro Anriquez
Vestuario: Fernando Cuellar
Diseño de iluminación: Fernando Cuellar
Fotografía: Nacho Lunadei
Traducción: Adrian Lázare y Fernando Cuellar
Producción ejecutiva: Juan Manuel Vazquez – Fernando Cuellar
Prensa y comunicación: Max Czajkowski
Género: Drama
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