El alivio cómico
A veces la experiencia vital se cuela en el arte de formas insospechadas. Las cicatrices más íntimas, reflotan en poesía. Sin embargo, si no se tiene claridad, cierta convicción con el material con el que se trabaja, el arte puede naufragar o quedarse solamente en la forma, en la ocurrencia, en un lugar común.
Cuando se trabaja con la experiencia propia, cercana y aún en carne viva, el proceso de darle forma a esa arcilla es arduo porque la herida está aún sensible. Pero, y ahí está lo maravilloso, arriesgarse a eso, puede posibilitar un encuentro. Muchas personas pueden estar pasando por lo mismo o, al menos, sentirse agradecidos lo suficiente como para acompañar y quedarse.
Esto último describe a la perfección el ritual que propone Julián Giménez Zapiola en Las 7 vidas del gato, su ópera prima. La obra trata de algo tan sencillo y profundo como un joven padeciente que se encierra en un baño pensando en tomar la peor decisión, mientras del otro lado de la puerta, dos amigos hacen lo que pueden para estar ahí y acompañarlo.
Aún basada en hechos reales, en hechos paradigmáticos de su generación, la puesta se la rebusca: narra el espacio con pocos elementos claves, propone algunas secuencias expresionistas, un montaje no lineal, y la simple noción de que no hay por qué esconder que el teatro es teatro.
Lo principal e importante para Gimenez Zapiola es visibilizar la problemática, hablar sobre salud mental y dar herramientas. Las que a él le hubiera encantado tener más allá del desenlace de su experiencia. No por eso la obra se pone ni didáctica, ni seca. El texto está escrito con mucho equilibrio. Ahí, su máxima virtud.
La escena tiene tiempo para construir ese pozo, esa distancia y esa inmovilidad depresiva. La euforia violenta y desagradable de un desequilibrio químico. Pero aún así, da tiempo para lo poético, lo curioso y, sobre todo, un humor humano y necesario. Para descomprimir. En el fondo, su obra se trata de descomprimir. Se podría decir que su trama no tiene alivio cómico sino que es un gran alivio cómico.
La simpleza de la puesta resuelve las escenas centrándose en lo humano y en su carencia. Pero también deja un paño en blanco para ser pintado por estas otras secuencias expresionistas cargadas de efectos lumínicos y música.
Otro rasgo de inteligencia narrativa está en su montaje. Pocos elementos bien narrados y yuxtapuestos para que quién quiera pueda interpretar una historia simple, quién quiera pueda conjeturar múltiples finales, quién quiera pueda perderse y detenerse solamente en la poesía y el drama, más allá de los eventos.
Cabe hacer un párrafo aparte para mencionar el trabajo de Alexis Quartino. Quién encarna el padecimiento sin ningún regodeo, ni una mueca de más. Una de las misiones más importantes que tiene Las 7 vidas del gato es acercar al que sufre en silencio. Para lograrlo, era importante que ese personaje puntual no sea un ser de rasgos extraños e improbables sino más bien parecido a un amigo o un familiar. El trabajo de Quartino emociona en su cuidadosa omisión.
Por último, Gimenez Zapiola mencionó en distintas entrevistas cómo, sorprendido, se dió cuenta de que su obra terminó tratándose sobre la amistad, aunque este nunca hubiese sido su plan. Ahí aparece sin panfleto, una fuerte dimensión política. Mark Fischer dice “la depresión no es química, la depresión es política”. A la distancia, la alienación, la segmentación, se le responde con amistad y cariño. Aunque sea tosco, inseguro e, incluso, duela, los superhéroes en esta historia solo ofrecen quedarse ahí. En palabras del autor: “Acompañar es quedarse”.
Ficha
Autoría: Julian Gimenez Zapiola
Actúan: Leandro Balbín, Martina Meconi, Alexis Quartino
Vestuario: Ernestina Valente
Escenografía: Paz Giribone
Diseño de luces: Julian Gimenez Zapiola, Solana Pastorino
Música: Alejandro Ruiz Díaz
Diseño gráfico: Francisco Barral
Asistencia: Lucía Santa Cruz Cuesta
Producción: Julian Gimenez Zapiola, Lucía Santa Cruz Cuesta
Dirección: Julian Gimenez Zapiola
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