Un ritual de paso

Un ritual de paso

Ficha

  • Datos de funciones:

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  • Prensa:

    Kevin Melgar

 

¿Dónde quedará la creación colectiva?

 

¿Qué pasaría si decidieras crear una obra de teatro junto a una inteligencia artificial para contar tu propia vida? En «Un ritual de paso», Ana se lanza a este experimento con un objetivo claro: reconstruir el biopic de su fiesta de quinceañera de la mano de la tecnología.

¿Por qué no hacerlo con otros seres humanos? ¿Por qué no plantear una creación cooperativa entre artistas como siempre se hizo? Ana no cuenta. Tan solo muestra su deseo de probar aquella manera diferente de crear.

Con su decisión, lo que emerge en escena es una propuesta visual tan extraña como magnética, donde la IA cobra vida en una mujer de mallas rosas y sonrisa siempre helada, que pedalea sin descanso en una elíptica; una imagen poderosa que puede evocar el esfuerzo mecánico y frío que late detrás de cada algoritmo.

Ana, para dar cuerpo a sus memorias, se sirve no solo de esa mujer a la que pide ser una “dramaturga argentina” sino de dos actores-artificiales que son interpretados por Balthazar Murillo y Margarita Páez, que, con un despliegue físico increíble, se mueven con la rigidez de personajes de videojuegos y hablan con acentos de telenovela, logrando así que la risa en el público se desencadene con una natural facilidad.

Sin embargo, tras esa capa de entretenimiento, la pieza revela una desconexión profunda. Mientras Ana busca relatar la verdad de aquel día, se siente pronto abrumada al recibir solo respuestas positivas y moralejas reparadoras por parte de las máquinas. El dolor real de la protagonista parece estrellarse constantemente contra una pared de eufemismos y optimismo programado; ella narra su sufrimiento y la IA, incapaz de procesar el trauma, lo traduce en comedia, en una performance de baile o en una pantomima inorgánica que a Ana le resulta totalmente ajena.

Esta brecha es precisamente lo que llena la sala de carcajadas. La IA por muy inteligente que pueda parecer, no para de explicar conceptos obvios o de soltar datos curiosos en los momentos menos oportunos. Lo que incita a pensar que nunca será suficiente para llevar a cabo una creación desde el sentir humano.

Además, a medida que avanza la obra, la desesperación de Ana crece. Los diálogos que plantea la IA se sienten rígidos y los robots, en su afán por cumplir órdenes, caen en una exageración que impide que surja un relato real de lo vivido. En ese círculo virtual minimalista que sirve de escenario para esta trama, el juego de luces se vuelve un aliado inmenso para narrarla. Pues ayuda al público a sumergirse en la crudeza de las memorias de Ana y corta aquel sincero relato con la blanquitud de una inteligencia no humana.

El resultado es una atmósfera desenfadada pero cargada de tensión donde la angustia de Ana termina por estallar. En un último impulso, Ana intentará huir, pero algo la obligará a permanecer allí. Es entonces cuando ocurre lo inesperado, un giro que la despoja de toda tecnología y la apremia a mirarse, por fin, de frente con su pasado.

 

Ficha:

Dramaturgia: Ana Kowalczuk

Actúan: Ana Kowalczuk, Balthazar Murillo, Margarita Páez, Lala Rossi

Escenografía: Alfre Rey Cavilla

Diseño de escenografía: Alfre Rey Cavilla

Realización Set-electric: JES TORTUL

Diseño De Iluminación: Manon Minetti

Fotografía: Enzo Cejas

Diseño gráfico: Vera Zoppi

Asistencia de dirección: Tomás Mussini

Producción: Ana Kowalczuk

Diseño de movimientos: Barbi Siom

Dirección: Ana Kowalczuk, Marcos Zoppi

Categorías: Reseñas

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