Crítica de: La obra siamesa (TABA)
Ficha
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Datos de funciones:
Mutuverria Pr
Hasta que la obra ponga el límite
Dos artistas en el punto más alto de su carrera se preparan para ser padres. El nacimiento de sus hijos siameses es también el nacimiento de su próxima obra. Desde entonces, los límites se desdibujan y lo que se entiende por realidad, ficción o performance entra en tensión.
La obra siamesa es una performance que propone el desmontaje de su propio montaje. Una obra dentro de otra. Un dilema que no es solo narrativo sino existencial, vida o muerte, realidad o ficción, representación o performance. Los siameses son hijos y son dispositivos. Los padres son artistas y son personajes. Desde el inicio el artificio no se esconde, se exhibe, y en esa exposición además de plantear una estética particular, la obra invita al público a pensar junto a ella los límites que está dispuesta a cruzar.
En este juego de espejos, que tiene al mito de Salomón como sustento de la performance, el conflicto parte del duelo entre esos dos egos. Él piensa en la autonomía de la pieza, en su circulación. Ella, en cambio, expone una crisis que se diagrama entre la cuestión artística y la maternidad. Separar a los gemelos puede significar la muerte de uno de ellos, o incluso de los dos, pero también puede implicar la muerte de la obra. El dilema entonces es ético, estético y económico, y en última instancia parece ser médico. En este punto, la obra se vuelve incómoda, no por lo que muestra, sino por lo que está dispuesta a sostener.
La directora y dramaturga Laura Sbdar es audaz: propone un juego inquietante entre la obra y el público, despertando más preguntas que respuestas. Crea una criatura performática que se rige por sus propias reglas; un mecanismo difícil de descifrar pero, al mismo tiempo, posible de habitar desde la articulación de la maternidad con la ambición artística, del deseo con el mercado y de la vida con su representación, sostenido por una construcción rigurosa de la puesta.
La escenografía minimalista ordena y armoniza el espacio. El vestuario y el trabajo corporal de los actores sostienen el juego de dobles y espejos. La obra, como los cuerpos de los gemelos, parece resistirse a la separación. Hay una fuerza en el centro de la escena, una tensión constante que se ve reforzada por la iluminación y el sonido, pero también por el humor y la ironía. Incluso en el momento en que la obra de arte parece emanciparse de quienes la crearon, esa maquinaria sigue operando, los padres devienen dobles de sus hijos e intentan retomar el control del relato. Pero lo que queda en evidencia son nuevamente los artilugios del dispositivo.
El vestuario merece una mención aparte, dialoga con la idea de una obra dentro de otra, multiplicando capas y texturas. Propone intercambios de roles que, en analogía con los hijos y en diálogo con el público, vuelven a tensionar los límites entre mito, performance y realidad. Las actuaciones son precisas; la caracterización de los personajes es detallada, consciente, voraz y verosímil. El sonido acompaña, crea clima y enfatiza cada gesto o momento, se vuelve protagonista cuando los cuerpos hablan y las palabras callan, motor y pulso de corridas circulares y discusiones indescifrables.
La obra siamesa construye una paradoja, artistas que son, al mismo tiempo, autores y objetos de su propia creación habitan el artificio, mientras se deforma, se exhibe y se pone en crisis constantemente. En ese vaivén queda al descubierto la tensión persistente entre lo ético y lo poético, entre el deseo y el límite.
Ficha
Género: Performance
Dramaturgia, Dirección y producción: Laura Sbdar
Intérpretes: Nico Goldschmidt, Laura Nevole
Vestuario: Leonel Elizondo
Iluminación: Fernando Chacoma
Asistencia de dirección: Elisa Carli
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