La segunda muerte del inspector de aves

La segunda muerte del inspector de aves

Ficha

  • Reparto:

    Ciclo agosto poético. Centro Cultural de la Coorperación

  • Salas:

    Prensa: Silvina Pizarro

 

Reimaginación popular del mito borgiano

Subsisten esas autoridades un tanto ridículas por las cuales uno juzga a ciertas figuras como inalcanzables sin siquiera acercarnos a su obra. Jose Luis Borges, a quien la fama le precede, goza de ese triste destierro por admiración en buena parte de la población, proporción en la que me incluye. “Borges era popular y lo leyeron 20 tipos…” sentenciaba un sabio artista sobre lo popular y lo masivo. En un ánimo de reconciliar ese encumbrado retrato que nos hemos hecho del literato, Alberto Bistue reescribe los últimos días del famoso autor, con el curioso nombre de La segunda muerte del inspector de aves.

Protagonizada por el propio Bistue, él mismo encarna a quien fuera el amigo que lo acompañara en sus últimos días, pero no ellos que lo sitúan en Ginebra por el 86, sino en La Boca, barrio bostero, por el 2001. Un podio y tres mesas de café hacen a las veces de sala de conferencia y charla informal de este supuesto cómplice del invierno del autor. Así, en un anecdotario tan ficcional como verosímil, asistimos a la reconstrucción de un Borges más cercano, uno que cambió su fama por el anonimato en la búsqueda de su felicidad. Este Jorge Luis, tuteo que se nos permite con la calidez del relato, descubre la dicha de los géneros populares de los noventas, el humor escolar cotidiano e incluso se atreve a escribir la novela otrora vaticinara (¿visionariamente?) un viejo caudillo a nuestro cargo.

Pero no solo de humor vive esta pieza, se le suman a ella exégesis de parte de su obra para este epílogo del mítico Borges. Bistue ofrece, como si crítico fuere, una serie análisis sobre poemas y cuentos del autor, algunas con notable cadencia analítica. Y estas interpretaciones llegan al paroxismo con la infranqueable asistencia de dos cómplices en escena. Ella es Victoria di Raimondo, una delicado y aguardentosa voz que sortea con galantería y dulzura tanto versos borgianos como bellas canciones que enriquecen nuestro viaje. Y él, Hernán Reinaudo, afiatado guitarrista que, como si media docena fuese insuficiente, le saca sinfonías enteras a su instrumento de 7 cuerdas para embellecer aún más el canto de su compañera e ilustrar, a veces con guiños a música popular, la nueva etapa de la vida más famoso escritor argentino.

Da gusto sentarse en una platea y ser servido de un cálido espectáculo, del cual urgen las ganas de derribar ese ridículo muro que hemos construido sobre su texto y enamorarnos de las líneas de un porteño del mundo que expresó un sinfín de sentimientos humanos. Conmueve, con ojos cristalizados y todo, este teatro tan criollo, esta pieza cuidada al detalle, de ritmo ameno y espacio para risas, reflexiones y emotividad por igual. En definitiva, una obra donde Borges es Jorge Luis.

Ficha:

Con: Alberto Bistue, Hernán Reinaudo y Victoria Di Raimondo

Categories: Reseñas

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