Un Vania

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Un tiempo muy bueno para ahorcarse

En 1899 Antón Pávlovich Chéjov publicó Un tío Vania y nunca imaginó el alcance que tal obra tendría en la historia del teatro moderno. En el año 2013 Marcelo Savignone dirige y protagoniza la pieza Un Vania, adaptación fresca y singular del texto ruso.

En una hacienda de campo viven la joven Sonia (María Florencia Álvarez), su tío Voinitzkaia (Marcelo Savignone) –más conocido como Vania-, María Vasilievna Voinitzkaia (Merceditas Elordi) –madre de Vania-, y Teleguin (Pedro Risi), un antiguo terrateniente empobrecido. Sus apacibles vidas se ven interrumpidas con la llegada del dueño de la casa, Serebriakov (en la obra, un maniquí), un profesor ya retirado y enfermo de gota, dispuesto a pasar la última etapa de su vida en un lugar plácido. Serebriakov llega allí con su segunda esposa, Elena Andreevna (Paulina Torres), una mujer hermosa y joven. Asimismo, y a partir de la irrupción del profesor, el doctor Mijail Ástrov (Luciano Cohen) visita la casa con el pretexto de controlar al enfermo, aunque en verdad su interés está puesto en su atractiva esposa. También Vania siente una fuerte atracción por ella, que se muestra apática y aburrida con su desdichada vida. En efecto, nadie allí es feliz, sus frustraciones y miserias los acompañan, los sueños de otrora aparecen rajados en ese presente monótono y sin esperanza. Sin embargo, en ese ambiente enrarecido los personajes buscan al menos un momento de esparcimiento por medio de la música y el baile. Los ágiles diálogos, cargados de altas dosis de ironía y de humor negro (especialmente en Vania), contrastan con la gravedad que puede suponer la muerte cercana en Serebriakov. A su vez, los monólogos de Vania conmueven por su sensatez y sinceridad, un hombre que –tras vivir en una farsa- se expone al mundo en carne viva, anhelando una segunda oportunidad.

Savignone realiza una impecable puesta en escena, con una escenografía variopinta y dinámica, donde no sólo se mueven los personajes sino también los objetos. A su vez, la música resulta un complemento novedoso pues otorga más energía y dinamismo a las diversas escenas de la obra. Asimismo, de gran acierto es para el personaje de Serebriakov la elección de un maniquí, el cual opera como metáfora de un hombre que –a través del silencio- controla y violenta las voces y griteríos de esa casa. En Un Vania ese artículo indefinido demuestra hasta qué punto Vania podemos ser cualquiera de nosotros, plagados de cordura y de desborde a la vez, de ahí la vigencia de este clásico que Savignone ha sabido comprender y reelaborar.

 Gacetilla:

http://www.espectaculosdeaca.com.ar/?p=3458

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