Todo tendría sentido si no existiera la muerte

Todo tendría sentido si no existiera la muerte

Ficha

  • Salas:

    Prensa: Luciana Zylberberg

 

La belleza del sinsentido de la vida

Una advertencia fundamental inundó mi cabeza de duda con un audio en off previo a la función. “El espectáculo tiene una duración aproximada de 180 minutos”. Mi mente millenial tembló con dicho dígito, distrayéndome al instante con un sonido de mi celular, como acostumbra mi generación. De todas maneras, pude retomar mi cavilación: ¿puedo mantener mi concentración por 180 minutos? ¿Qué justifica hoy 3 horas de nuestra atención en épocas de fugaces historias de Instagram? Así y todo, lo que sigue es una justificación de por qué Todo tendría sentido si no existiera la muerte es un imperdible espectáculo al que no le sobra ni un segundo de duración. Mariano Tenconi Blanco saca de la galera esta obra maestra sobre vida, muerte y sentido.

El primer bloque (de dos) nos recibe con clásicos ochentosos para fijarnos en tiempo y clima ameno y risueño. El espacio nos lo sugiere la puesta en escena: el mobiliario antiguo emula una humilde y sobria casa suburbana acorde a la época, de decoración propia a la periferia bonaerense. Pronto, María y Nora, hermanas y maestras de aquella ciudad/pueblo en recóndito rincón argentino, se nos aparecen en sus diálogos banales sobre su trabajo, vida social escasa y actividad sexual precaria. El vestuario y el cuidado lenguaje coloquial que el detallista guion exhibe visten la escena de un claro contexto histórico pre globalización, sexualmente reprimido y pacato que, lejos de chocar, dispara en la platea las primeras carcajadas. La emergencia del cine privado gracias a las videocaseteras y alquileres de VHS son el etéreo espacio de imaginación y libertad que les queda a los personajes para sobrellevar la monotonía.

El desarrollo temporal que explica la extensión de la obra es sumamente realista, con pequeños elipsis que separan el relato en pequeños cuadros, todos y cada uno de ellos necesarios a la trama. Esto permite además incluir otros personajes fundamentales a historia, como Guillermina, la hija de Nora en reciente mayoría de edad y descubriendo su sexualidad y experimentando con sus primeros noviecitos, como el joven y torpe Pablo; y Gino Potente, un emocionalmente desequilibrado actor porno que jugará un inesperado rol en la vida de nuestras protagonistas.

La monótona vida de María se resquebraja ante un diagnóstico terminal, hecho que pareciera marcar el tono de la obra. Empero, en un excelente juego de manejo de expectativas por parte del guion, un personaje viene a desafiar ese primer presagio. Se trata de Liliana, una joven punk pseudo nihilista encargada del videoclub del pueblo. El acercamiento entre María y Liliana desata en la primera un cambio repentino, un deseo bizarro en el que ella cree que podrá darle sentido a su acechante fin: filmar una película porno. Lo que sigue de allí es una desternillante comedia dramática que reúne familia, muerte, el sinsentido existencial bajo un manto humorístico inédito. En escena veremos pornografía amateur, sensible momentos de cuidados paliativos, grotescos momentos de sainete familiar y hasta la muerte misma.

Aún con mucha ficción hecha sobre el tema, aún sobrevuela cierto tabú sobre el fin de la vida. En ese contexto, nunca está demás un buen relato sobre la muerte, aquel que es sensible a la situación, produce empatía en su platea y se permite la risa como muestra de la catarata de emociones y sentidos que dicho acontecimiento emana, y no la monocorde tristeza ceremonial que, lejos de ser falsa, no logra explicar con dignidad y rigor la potencia del mismo. Es el segundo bloque, ya con la propia música que antecede a su inicio, el que imprime, con risas a modo de digestivo, el tono más dramático de la obra.

No es mi pretensión que esta reseña se extienda más que la obra, porque no podría justificar con la inteligencia de Tenconi Blanco cada palabra que aquí se lee. Sí quiero, en cambio, serle justo a una pieza de teatro única y multipremiada, cuyos méritos saltan a la vista en cada detalle de la dirección, actuación, composición y puesta en escena. Inmediatamente atraído ante una premisa absurda, la de una docente de pueblo en los ochenta con diagnóstico fatal y deseos de hacer pornografía, el espectador cae en un ingenioso drama cómico que no ostenta pretensión alguna y comenta, sin la necesidad de sentencias unívocas, sobre el sentido de la vida y la muerte. Todo tendría sentido… es una invitación a reflexionar mediante el entretenimiento, de animarse a ver la belleza en lo crudo de la realidad y a hacer las paces con temas que agobian nuestra existencia. Hermosamente local, inteligentemente universal, una obra como ninguna.

Categories: Reseñas

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